La frase que da título a este post la he tomado prestada de los Hechos de los Apóstoles. Se la dijeron dos hombres vestidos de blanco a los apóstoles quienes, tras haber visto ascender a su Maestro, continuaban allí quietecitos, mirando al Cielo. Quizás empezando a sentir algo de vértigo ante la nueva etapa que estaba comenzando en la vida de todos ellos.
Hasta entonces, ellos habían ido con Jesús
Jesús era quien hasta ese momento se había mantenido en estrecho contacto con el Padre. Era quien sabía dónde convenía ir a predicar, era quien sabía cuándo convenía plantar cara a los poderosos y cuando convenía pasar desapercibido, era quien sabía cuándo convenía hacer milagros y era quien sabía qué convenía explicar a las gentes en público y qué convenía explicarles a ellos en privado.
Y ellos, confiados, le acompañaban, le ayudaban a cumplir el plan de Dios y aprendían cada día con sus palabras y con sus obras.
Y, poco a poco, iban comprendiendo, iban haciendo vida aquella doctrina e iban dejando que se les transformara la mirada.
A partir de aquel momento, Jesús iría con ellos
Estaban a unos días de recibir el Espíritu Santo. Un Espíritu Santo que les haría también entender el verdadero sentido de todo lo que habían estado viendo y oyendo de su Maestro.
Ese Espíritu también les iba a regalar unos dones que acreditarían que Dios estaba con ellos, mientras ellos cumplian la misión de llevar el cristianismo al mundo entero.
Aquellos hombres vestidos de blanco les achucharon y les invitaron, con sus palabras, a ponerse en marcha. No había tiempo que perder. Tocaba ponerse en camino y continuar con la labor que su Maestro había empezado: ¿Qué hacéis ahí plantados mirando al Cielo?
Jesús también va con nosotros hoy
Esas palabras, en cierto modo, también son para nosotros. Porque hoy tampoco hay tiempo que perder.
Yo, personalmente, creo que nuestra sociedad está atravesando una crisis tan profunda de valores que la cosa ciertamente corre prisa. Egos gigantescos, soberbias, egoísmos, medias verdades y mediocridades campan tan a sus anchas entre nosotros que convivimos con ellos como si tal cosa. Basta con poner un ratito el telediario y visualizar algunas de las actuaciones de nuestra clase política para comprobarlo. Es desolador.
Urge hacer ver que otra forma de vivir es posible. Urge que valores como la honradez o el esfuerzo vuelvan a ser algo aspiracional entre nosotros. Urge que aprendamos a poner el bien común por delante de nuestros intereses personales. Porque así no vamos a ninguna parte. Así nada tiene sentido.
Ese mismo Espíritu que entonces guió a los apóstoles es el que nos quiere guiar hoy a nosotros. Pero tenemos que estar abiertos a querer escucharlo y a dejar que guíe nuestros pasos. Si le dejamos, nos regalará la luz, la seguridad, la sabiduría y la valentía que tantas veces nos falta. Aunque el camino no sea fácil, como no lo fue el de Jesús ni el de sus apóstoles.
No hace falta que hagamos grandes cosas. No hacen falta fuegos artificiales. Basta con que demos testimonio. Basta con que vivamos la vida ordinaria, de verdad, desde el amor.
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Les dijo: «No os toca a vosotros conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y hasta el confín de la tierra». Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron: «Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre vosotros y llevado al cielo, volverá como lo habéis visto marcharse al cielo».
Hechos de los apóstoles 1, 6 – 11
La imagen es de MabelAmber en pixabay
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