A lo largo de nuestra vida, con frecuencia nos van surgiendo oportunidades. Oportunidades para embarcarnos en nuevos proyectos profesionales, posibles colaboraciones, planes para pasarlo bien con los amigos o la familia, oportunidades para practicar regularmente algún deporte, para echar una mano o para involucrarnos en un voluntariado suelen presentarse en nuestra vida sin avisar. Y, una vez que se presentan, podemos aprovecharlas o podemos dejarlas pasar.

Muchos de nosotros nos embarcaríamos en todas en ellas. ¿Cómo desaprovechar las oportunidades que la vida nos va poniendo por delante? Si sólo vamos a vivir una vez, ¿por qué no intentar llevárnoslo todo para adelante?

Lo sensato, sin embargo, es pensarlo dos veces. Porque si hay algo escaso en nuestra vida es el tiempo. Y cuando decimos que sí a nuevas oportunidades que se nos van ofreciendo, lo cierto es que nos queda menos tiempo para aquello que ya formaba parte de nuestra vida.

Y lo novedoso, aunque apetecible, no tiene por qué ser mejor, tan solo por el hecho de ser nuevo. Como tampoco tiene por qué ser mejor lo antiguo, por el simple hecho de haber llegado antes a nuestra vida.

Lo importante, creo yo, es que nunca perdamos de vista cuál es nuestro objetivo vital. En el caso de los cristianos nuestro objetivo compartido es hacer vida el Evangelio, llegando así a vivir desde un profundo amor a Dios y a las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida. Teniendo criterio no dejaremos que lo nuevo se lleve por delante lo que no debe, de la misma manera que no dejaremos que lo viejo le cierre la puerta a oportunidades a las que sí que tiene sentido dar cabida en nuestra vida.

Lo que está claro es que a veces convendrá renunciar a oportunidades que aprovecharíamos de buena gana. Pero hay que elegir y renunciar es una forma de hacerlo.

Renunciar no tiene por qué ser necesariamente una opción de acomodados, de sosos, de cobardes, de miedicas o de personas que no quieren salir de su zona de confort. Renunciar puede ser también una opción de valientes, de personas comprometidas, de personas que tienen criterio y saben bien lo que quieren.

Habrá algunas ocasiones, las menos, en las que la elección no será evidente, porque tendremos ante nosotros dos alternativas que nos lleven hacia nuestro objetivo. Como tiempo atrás le ocurrió a María de Betania, que en cierta ocasión, renunció a ayudar a su hermana Marta con las tareas domésticas para sentarse a los pies de su Maestro y escuchar lo que había venido a enseñarles.

En esos casos, si no lo vemos claro, siempre podremos encomendarnos al Cielo.

Yendo ellos de camino, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa. Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor escuchaba su palabra. Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo: «Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano». Respondiendo, le dijo el Señor: «Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada»

Evangelio Lucas 10, 38 – 42

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