Hace ya tiempo escuché una historia que contaba que una señora que iba paseando se encontró a tres obreros poniendo ladrillos en una obra. Acercándose al primero de ellos, le preguntó qué era lo que hacía y el hombre le contestó: «Estoy poniendo ladrillos, unos encima de otros». Después se acercó al segundo y también le preguntó sobre lo que hacía, a lo que el hombre respondió: «Estoy construyendo una pared». El tercero de ellos, a la misma pregunta sobre su trabajo contestó: «Estoy construyendo una catedral».

Tres respuestas muy dispares para una misma pregunta y las tres ciertas. Tres respuestas que muestran distintas formas que tenemos las personas de enfrentarnos a los quehaceres de nuestra vida.

Muchos de nosotros vivimos mirando nuestra vida a corto plazo. Y sentimos que nuestro día a día se compone de un sinfín de responsabilidades y tareas a las que tenemos que atender.

Y así, corriendo detrás de la agenda para poder llegar a todo, al tran trán, pueden pasarnos los días, las semanas, los meses e incluso los años.

Y más pronto que tarde, llega un día en el que nos venimos abajo, porque nos sentimos como si fuéramos hamsters correteando dentro de una rueda infinita que no lleva a ninguna parte. Y tomamos conciencia de que vivir así la vida no tiene ningún sentido: nos falta un «para qué».

Los cristianos -y quienes aspiramos a llegar a serlo algún día- debemos mirar más allá del calendario de las próximas semanas, los próximos meses o los próximos años. Debemos vivir soñando llegar a alcanzar esa meta que nos propuso Jesús. Y, con la mirada puesta en ella, ir avanzando poco a poco en el camino del amor.

Es un camino que estamos llamados a recorrer sean cuales sean las responsabilidades y tareas que tengamos en la agenda. Porque lo mismo da si nos ganamos la vida como maestros, si presidimos una multinacional, si conducimos un autobús, si atendemos un comercio o si cuidamos en casa a nuestra familia.

Lo importante no es tanto lo que hacemos sino cuánto amor ponemos en todas esas tareas que llenan nuestros días.

Es el amor lo que marca la diferencia.

Tener un propósito, una misión, algo mucho más grande que nosotros que nos trasciende, da sentido a todo. Y hace que cada día levantemos la persiana con ilusión, con ganas de cuidar de las personas que van pasando a nuestro lado, con ganas de compartir con ellas ese tesoro escondido que tenemos la certeza de haber encontrado y con ganas de cambiar este querido mundo nuestro que está tan estropeado.

Pasaremos etapas malas -cómo no- cuando las cosas se pongan feas y se presenten en nuestra vida las preocupaciones, las enfermedades o el dolor. Pero en esas etapas también tendremos la oportunidad de dar lo mejor de nosotros mismos y la oportunidad de crecer en la Fe. Y cuando hayan pasado continuaremos avanzando, fortalecidos, en el camino del amor.

Y seguiremos construyendo nuestra catedral.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.