A lo largo de nuestra vida se suceden las etapas bonitas y las que no lo son tanto, los triunfos y los fracasos, la alegría y el dolor, los tiempos de valentía y los de miedos, los momentos de seguridad y los de vértigo, los días de paz y los días de tentación.

Y todas las personas, incluso las que tenemos unas vidas más felices, sufrimos. Si bien es cierto que no todos en la misma medida.

Lo importante, creo yo, es lo que hacemos una vez que el dolor se presenta en nuestra vida. ¿Cómo lo enfrentamos? ¿Cómo reaccionamos ante él?

De las etapas de dolor debemos salir siempre con lecciones aprendidas. Porque, si bien ninguno de nosotros las deseamos, lo cierto es que pueden ayudarnos mucho a hacernos fuertes, pueden ayudarnos a que distingamos con claridad lo que es importante de lo que no lo es, pueden ayudarnos a que nos bajemos del pedestal de la soberbia en el que algunos vivimos o pueden ayudarnos a que comprendamos mejor a otras personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida a las que las cosas no les van bien.

Podemos aprovechar las etapas de dolor para acercarnos, como niños, a Dios. Para pedirle consuelo, para pedirle ayuda, para pedirle que nos ayude a solucionar los problemas, para pedirle que nos dé luz, para pedirle que nos regale la fortaleza que no tenemos, para pedirle más Fe para poder aguantar el tirón o para pedirle que aleje de nosotros ese cáliz, como hizo Jesús en el huerto de Getsemaní, cuando sabía que ya estaban a punto de prenderlo, torturarlo y clavarlo en una cruz. Ese Jesús que tuvo que enfrentarse al sufrimiento de la pasión, cuando no había hecho más que dar testimonio del Cielo y cuidar de todas las personas con las que se había ido encontrando. Ese Jesús que era inocente de todo lo que iban a acusarle. Ese Jesús que estaba dispuesto a dar su vida por amor, si eso era lo que su Padre le pedía.

Habrá veces en las que Dios nos regale el consuelo, la luz, la fortaleza o la Fe que le hayamos pedido. En ocasiones incluso alejará de nosotros ese cáliz que no queremos tener cerca. Otras veces, por el contrario, no nos regalará lo que le pedimos. O, al menos, no lo hará en el momento en el que a nosotros nos gustaría.

Como tampoco evitó a Jesús la cruz, porque convenía que muriese por la salvación de todos nosotros.

En esos casos tan difíciles, toca aceptar que Dios sabe mejor que nosotros qué es lo más conveniente, aunque nosotros no seamos capaces ni siquiera de intuirlo. Y toca regalarle nuestra Fe, confiando en que el final será feliz.

Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad». Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras. Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo: «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

Mateo 26, 36 – 46

La imagen es de jclk8888 en pixabay

1 comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.