Cuando hablamos sobre la santidad, el pensamiento se nos va -al menos a mí- a algunos de esos grandísimos hombres y mujeres, expecionales, que rompieron moldes y dejaron una profunda huella en la historia de la humanidad. ¿Cómo no pensar en San Ignacio de Loyola o en Santa Teresa de Ávila? ¿Cómo no pensar en San Juan Pablo II o en Santa Teresa de Calcuta, a los que sentimos más cercanos porque han sido contemporáneos nuestros?
Esos grandes santos supieron vivir una vida radical de entrega a Dios y a las personas que fueron pasando a su lado en el camino de la vida. Nos dejaron testimonios muy distintos; muy condicionados, cómo no, por las singularidades del momento histórico en el que cada uno vivió y muy condicionados también por los talentos y sensibilidades con los que cada uno contaba.
Fueron personas tremendamente inspiradoras, que transformaron los entornos en los que se movieron de tal manera, que hicieron que muchas de las personas que tuvieron cerca quisieran acercarse también a Dios y empezaran a ver también a los hombres como a hermanos.
Esos grandes santos cambiaron con sus vidas, de alguna manera, el curso de la historia. ¿No sería acaso distinto el mundo de hoy si no hubiera nacido San Ignacio y no existiera la Compañía de Jesús? ¿No sería el mundo un lugar menos habitable si no hubiera pasado por él la Madre Teresa y no tuviéramos hoy con nosotros en los sitios más pobres del mundo a ese ejército de ángeles que son las Misioneras de la Caridad? ¿No tendríamos una espiritualidad distinta si no hubieran existido Santa Teresa de Ávila o San Juan Pablo II?
Rotundamente, sí.
Sin embargo, creo yo, no debemos confundir fama y santidad.
Porque la santidad es algo a lo que todos estamos llamados. También nosotros. Por lejano de nuestra realidad que os pueda sonar. Por imposible que nos pueda parecer. Todos nosotros, por muy corrientes que sintamos que son las circunstancias que nos rodean -unos seremos maestros, otros estaremos ya jubilados, otros seremos abogados, otros cuidaremos de nuestras familias- estamos llamados a la santidad. Para algunos tendrá Dios grandes planes, pero la mayoría de nosotros, a lo que estaremos llamados es a ser esos «santos de la puerta de al lado» que tan maravillosamente bien describió el papa Francisco en su exhortación apostólica Gaudete et Exultate.
Santos desde lo cotidiano, desde las pequeñas cosas. Sin fuegos artificales. Una santidad discreta, por la que nunca seremos llevados a los altares y que no será nunca conocida por quienes pasen detrás de nosotros por este querido mundo nuestro. Pero será, igualmente, santidad. Y tendrá, igualmente, su impacto. Un impacto que vendrá muy condicionado por los talentos que Dios nos haya regalado y que vendrá muy condicionado también por las circunstancias en las que vivamos cada uno.
¿Cuál es la receta para llegar a vivir desde la santidad? La conocemos bien: el secreto está en vivir desde el amor todas esas pequeñas grandes cosas que componen nuestra vida cotidiana.
Así de simple. Así de profundo. Así de retador.
«Como hijos obedientes, no os amoldéis a las aspiraciones que teníais antes, en los días de vuestra ignorancia. Al contrario, lo mismo que es santo el que os llamó, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, porque está escrito: Seréis santos, porque yo soy santo»
Pedro 1, 14 – 16
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¡Ojalá una ola de santidad silenciosa estuviera invadiendo la Tierra!
Amen