
“Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”
Evangelio Mateo 28, 1 – 10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
La imagen es de congerdesing en pixabay
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Un final feliz

Si la cosa hubiera finalizado con Jesús clavado en la cruz, lo cierto es que habría terminado en un rotundo fracaso. Pero afortunadamente no fue así y el Padre lo resucitó.
La alegría que esta resurrección supuso para los apóstoles tuvo que ser inmensa: porque con ella constataron que no se habían equivocado dejándolo todo para ir tras él y que seguir a Jesús había merecido – y mucho – la pena. Más adelante el Padre les enviaría el Espíritu Santo, que les daría la luz y la fuerza necesarias para dedicar el resto de sus vidas a extender el cristianismo por el mundo entero, dando con ello sentido a la vida de millones de personas, desde entonces hasta hoy.
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