
«Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres»
Evangelio Marcos 1, 14 – 20
Después de que Juan fue entregado, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: «Se ha cumplido el tiempo y está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio». Pasando junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, echando las redes en el mar, pues eran pescadores. Jesús les dijo: «Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres». Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron. Un poco más adelante vio a Santiago, el de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. A continuación los llamó, dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon en pos de él.
La imagen es de Engin_Akyurt en pixabay
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La llamada

Jesús durante su vida pública invitó a aquellos que quiso escoger como discípulos a que le siguieran. Algunos, en su libertad, decidieron apostar por él y otros, por el contrario, no aceptaron la invitación. Igual que nosotros podemos a día de hoy escoger seguirle o no hacerlo cuando somos llamados a sus filas.
Marear la perdiz

Es verdad que los apóstoles cometieron errores. Es verdad que en ocasiones no dieron la talla. Pero no es menos cierto que supieron dejarlo todo en cuanto fueron llamados y que a partir del momento en el que siguieron a Jesús su vida cambió para siempre, demostrando una fidelidad incondicional al Maestro y a su doctrina.
¿Por qué nosotros remoloneamos tanto antes de dar un paso al frente? ¿Por qué dedicamos tanto tiempo a discernir? ¿Por qué planificamos tantísimo?
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