En estado de buena esperanza

El tiempo de espera de un bebé es un tiempo muy especial para la futura madre. Porque se suceden un sinfín de cambios en su cuerpo, en sus hormonas y en su estado de ánimo. Y porque es tiempo de soñar en todo lo que está por venir de la mano de ese bebé aún no nacido al que se quiere sin siquiera haberlo visto. Es tiempo ilusión. Es tiempo de esperanza.

Ese era el estado de María en los días que estamos recordando hoy.

Esa María que había dicho que sí al ángel Gabriel sin condiciones. Sin pensar en cómo iba a hacer para poder explicar su embarazo a quienes formaban parte de su vida. Jugándose la reputación, jugándose su futuro matrimonio y jugándose incluso la vida. ¿Cómo explicaría a José y a los suyos que la criatura que esperaba había sido concebida de una manera única y sobrenatural? Imposible creerla. Dios la sacaría de aquel atolladero.

Esa María que, aún sabiendo que llevaba en su vientre nada menos que al hijo de Dios mismo, en lugar de concentrarse en cuidarse se puso en camino hacia la casa de su prima Isabel, ya mayor, para acompañarla y atenderla en los últimos meses de su embarazo.

Esa María que partió hacia Belén junto a José, en estado avanzado. Sin saber cuándo le llegaría el momento del parto. Sin tener la posibilidad de acondicionar la estancia en la que daría a luz con sábanas y paños limpios. Dios se ocuparía de los tres.

Sucedió en aquellos días que salió un decreto del emperador Augusto, ordenando que se empadronase todo el Imperio. Este primer empadronamiento se hizo siendo Cirino gobernador de Siria. Y todos iban a empadronarse, cada cual a su ciudad. También José, por ser de la casa y familia de David, subió desde la ciudad de Nazaret, en Galilea, a la ciudad de David, que se llama Belén, en Judea, para empadronarse con su esposa María, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras estaban allí, le llegó a ella el tiempo del parto.

Evangelio Lucas 2, 1 – 6

Esa María, sencilla y jovencísima, aún no sabía el papel tan formidable que jugaría después en la historia de la humanidad. Porque con su sí al ángel Gabriel había aceptado ser madre de Jesús, pero se convertiría también en madre de todos y cada uno de nosotros.

¿Qué no imaginaría María aquellos últimos días antes del nacimiento de Jesús?, ¿qué no soñaría para su niño, para ella, para su familia y para la humanidad?, ¿cómo no estar ya deseando tenerlo en los brazos y cuidarlo?, ¿cómo no sentir vértigo?, ¿cómo no estar en oración continua para sentir cerca a ese Dios que, sobre todo, es Padre?, ¿cómo no estar ilusionada?, ¿cómo no estar rebosante de esperanza, de buenas intenciones y de los mejores deseos?

Ojalá nosotros nos sintamos estos días como ella, expectantes y llenos de esperanza, ante la llegada, un año más, de ese niño a nuestras vidas y ante la oportunidad que aún tenemos, si queremos, de volver a ser niños también nosotros, de ponernos de manera incondicional en las manos del Padre, de recolocar las prioridades de nuestra vida, de irnos quitando esa mochila de miserias que tanto pesa a veces, de orientarnos mucho más hacia los demás, de convertirnos en nuestra mejor versión y de trabajar para dejar -desde lo pequeño y en la medida de nuestras posibilidades- un mundo mejor que el que nos encontramos.

La imagen es de Fernando Navarro en cathopic

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