
Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida?
Evangelio Mateo 18, 12 – 14
Dijo Jesús a sus discípulos: «¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».
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El privilegio de sabernos tan queridos

Ninguno estamos libres. Todos, sin excepción, nos hemos extraviado alguna vez. Y sabemos que, por salir a buscarnos a cada uno de nosotros cuando nos hemos descarriado, ha dejado el Buen Pastor todo lo demás. Porque todos somos importantes para el Cielo. Porque cada uno de nosotros somos únicos para ese Dios que, sobre todo, es Padre. Un Padre que es capaz de organizar -como el pastor de la parábola- una fiesta en nuestro honor cuando volvemos a Casa, incluso tras haber hecho las cosas mal.
La oveja perdida

Si hubiese abundado la bondad entre quienes vivían en la tierra hace 21 siglos y entre quienes vivimos en la tierra a día de hoy no hubiera hecho falta que Jesús se hiciese hombre y viniese al mundo para enseñarnos que es el amor lo único que da sentido a la vida.
Pero no era la bondad lo que abundaba entonces ni lo que abunda ahora. Y, precisamente para guiarnos a todos los que no llevamos una vida ejemplar, vino. Porque «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos» (Evangelio Mateo 9,12).
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