
Cuando nos referimos a la rutina -esa costumbre de hacer las cosas de una manera más o menos repetitiva y automática- solemos darle un sentido negativo. Porque le presuponemos ese «más de lo mismo» que hace que un día no se diferencie demasiado del anterior o del siguiente.
Y si solemos darle un sentido negativo es porque a la mayoría de nosotros lo que nos gustan son los días especiales, los días extraordinarios, los días vistosos, esos días únicos que nos quedan para siempre en el recuerdo.
Pero no nos damos cuenta de que esos días únicos, esos días especiales, no llegarían y no los valoraríamos si antes no hubiera habido muchos días de esos otros, más o menos grises y más o menos rutinarios. De la misma manera que si sentimos las vacaciones como días diferentes y así los valoramos es porque antes hemos pasado una temporada de trabajo intenso en la que apenas hemos podido descansar.
Es el esfuerzo de cada día, el trabajo continuado, callado, tan necesario y, frecuentemente, tan poco lucido, el que nos hace avanzar hacia la meta que cada uno nos hayamos propuesto y el que, un buen día, nos lleva a conseguir nuestros objetivos. En ese momento, ahí sí, toca celebrar la victoria y compartirla con las personas con las que queramos hacerlo.
Pero después de ese día o esos días de celebración, volveremos irremediablemente, de nuevo, a los días de anonimato, de sencillez o de rutina.
Nuestra vida ordinaria, sin embargo, si bien puede ser vista desde fuera como algo más o menos rutinario o más o menos gris, no tiene por qué ser ni rutinaria ni gris. De hecho, cada día puede ser especial; porque lo que hace que un día merezca la pena, lo que le da todo su sentido es que hayamos sido capaces de vivirlo desde el amor: desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los demás. Eso es lo que marca -y de qué manera- la diferencia.
Así es como nos invitó a vivir Jesús:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo
Evangelio Mateo 22, 37 – 39
En nuestra sociedad tratamos de buscar la felicidad enlazando momentos agradables que nos proporcionan sensación de bienestar: una comida estupenda, una película con unas palomitas en el cine, un viaje, un capricho que nos podemos permitir o una charla con alguien especial. Y mientras más seguidos se dan esos momentos, más sensación de felicidad tenemos. Cosa que, en mi opinión, se está intensificando con la cultura de la inmediatez en la que vivimos.
Pero es el amor que ponemos en las cosas que hacemos, lo que da a nuestra vida todo su sentido y lo que además, aún sin pretender buscarlo, nos da la verdadera felicidad.
Así de sencillo. Así de profundo.
Por eso, podemos ser felices en esos momentos especiales de celebración en los que nuestra vida se llena de fuegos artificiales, de la misma manera que podemos ser felices en esos otros días aparentemente rutinarios, callados y poco lucidos que, dicho sea de paso, suelen ser la mayoría de los días de nuestra vida. Incluso en esas etapas difíciles en las que las cosas no nos van todo lo bien que nos gustaría, tenemos la felicidad al alcance de nuestra mano.
La imagen es de congerdesign en pixabay
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