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Una tía mía de Puente Genil – precioso pueblo de Córdoba – hace ya años, en un viaje que hizo a Madrid me hizo una pregunta que se me quedó grabada. Me dijo: «¿por que los madrileños, cuando subís o bajáis en unas escaleras mecánicas, también andáis? ¡si las escaleras ya os llevan!» Se sorprendía de que aquí siempre vayamos con prisa, de que siempre parezcamos agobiados o de que habitualmente nos saludemos unos a otros con ese cortés «hola, ¿qué tal?«, con el que en realidad no queremos conocer cómo está el otro. Se le hacía muy visible un clima como de falta de alegría que, ciertamente, yo sigo sintiendo hoy a mi alrededor. 

Y esa falta de alegría, en mi opinión personal, procede fundamentalmente del egoísmo con el que nos hemos acostumbrado a vivir; procede de ese ir cada uno a lo nuestro sin interesarnos siquiera por quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Jesús vino a este mundo a invitarnos a vivir desde el amor. Porque es el amor lo único que da a la vida su verdadero sentido. Y porque es el amor también la fuente de la alegría; la fuente de la felicidad.

Y para que supiésemos cómo aterrizar en el día a día un propósito tan elevado como ese «vivir desde el amor», nos dejó una regla de oro, tan de andar por casa como eficaz, que nunca, nunca, nunca falla:  Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas (Evangelio Mateo 7, 12). Fácil de comprender hasta para los más pequeños.

Su aparente sencillez encierra detrás, sin embargo, una profunda hondura, ya que es una invitación a que miremos por los demás como si de nosotros mismos se tratara, que hagamos de su felicidad la nuestra y de sus problemas también los nuestros.

Quien hace del amor su estilo de vida, quien vive para los demás, siempre generará alegría a su alrededor. Porque son muchas las dificultades que se nos van presentando en la vida y todos, más tarde o más temprano, necesitamos que nos echen una mano, tanto con cosas importantes como esas pequeñas cosas que tanto pueden terminar dificultándonos la vida. ¿Cómo no va a generar alegrías en las personas que le rodean quien les va quitando penas y resolviendo problemas?

Por otro lado, con su actitud y con su disposición, quienes viven para los demás, además, mejoran, aún sin proponérselo, los entornos en los que se mueven: son personas de las que Jesús dice que «son la sal de la tierra«. Y lo dice porque, igual que un guiso se transforma, adquiriendo gracias a la sal todo su sabor, estas personas – serviciales y confiables – generan en torno a ellas un clima que facilita enormemente que quienes forman parte de ese de ese entorno entren en la misma dinámica de servicio. ¡Anda que no se nota la entrada de «un bueno» en un entorno de trabajo, en una clase o en un vecindario! La transformación total del entorno no siempre ocurre, bien es verdad, porque en la libertad de las demás está el entrar en esa dinámica o no hacerlo, pero es fácil que sí que se de.

Vivir para los demás tiene una tercera consecuencia, en este caso para quien así vive, porque sus acciones revierten también sobre sí mismo. ¿Quién no ha experimentado esa sensación de bienestar, de paz interior que deja el apartar los egoísmos para poner por delante de sus intereses las necesidades y los intereses de los demás? Es una sensación de profunda alegría que no se siente de ninguna otra forma. Es tocar la felicidad. La verdadera. Esa que no se puede comprar con con dinero y que nos gustaría que nunca nos dejara.

La imagen es de Pexels en pixabay

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