Evangelio del día Imagen abril 2018

Evangelio Juan 10, 1 – 10 «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera»

«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las
ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz: a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

La imagen es de Bru-nO en pixabay

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Las ovejas de Jesús son las personas que aman a los demás “En esto conocerán que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros” (Evangelio Juan 13,35). Esas son las personas que “escuchan su voz” y a las que Él “conoce” (reconoce como suyas). Y son esas mismas personas, como no podría ser de otra manera, las que alcanzarán la vida eterna, porque sabemos que al final de nuestros días se nos juzgará por el amor que hayamos repartido en vida

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Si hubiese abundado la bondad entre quienes vivían en la tierra hace 21 siglos y entre quienes vivimos en la tierra a día de hoy no hubiera hecho falta que Jesús se hiciese hombre y viniese al mundo para enseñarnos que es el amor lo único que da sentido a la vida.

Pero no era la bondad lo que abundaba entonces ni lo que abunda ahora. Y, precisamente para guiarnos a todos los que no llevamos una vida ejemplar, vino. Porque “no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos” (Evangelio Mateo 9,12)

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