Cuando hacemos un viaje cortito, de fin de semana, apenas si llevamos equipaje. Sabemos que estaremos allí de paso y nos basta con meter en la maleta las cuatro cosas que creemos que vamos a necesitar.
Nuestra estancia en este mundo se parece bastante a eso. No sabemos cuánto va a durar. ¿Treinta años? ¿Sesenta? ¿Ochenta? ¿Cien? Solo Dios lo sabe.
Desde que tenemos uso de razón sabemos que el tiempo pasa y que llegará el día en el que ya no estaremos aquí. Y, aunque a veces intentemos mirar para otro lado, es una realidad que se hace cada vez más evidente. La vemos cuando nuestros padres cumplen años, cuando nuestros hijos crecen o cuando nos miramos al espejo y descubrimos que aquel buen día en que teníamos vista de lince quedó ya bastante lejos y ahora necesitamos gafas de vista cansada.
Sabemos que estamos de paso.
Y, sin embargo, nos empeñamos en acumular tesoros de este mundo. Buscamos los primeros puestos, nos hacemos amigos del dinero, entramos en una rueda de consumo que parece no tener fin y nos vamos apegando a cosas materiales que, en realidad, algún día tendremos que dejar atrás.
Porque, como decía el papa Francisco, los sudarios no tienen bolsillos.
Y es que ninguno de los bienes que acumulemos aquí nos los llevaremos con nosotros.
Quizá, si tuviéramos más presente que somos peregrinos en esta tierra, viviríamos de otra manera. Disfrutaríamos más de cada día. Seríamos más libres. Iríamos mucho más ligeros de equipaje.
Y quizás también estaríamos más pendientes de aquello que dejamos a los que vienen detrás.
Porque la estancia realmente larga será la siguiente. La definitiva. La que no tendrá fecha de regreso. La que durará, nada más y nada menos, que toda la eternidad.
Y para ese viaje, curiosamente, no podremos llevarnos ninguna de las cosas que hoy nos preocupan tanto. Ni los bienes materiales, ni los ahorros, ni los reconocimientos, ni los cargos.
Solo podremos llevarnos una cosa: el amor que hayamos sido capaces de regalar durante los días que nos hayan sido concedidos. Y tan solo sobre el amor se nos pedirá cuentas al final de nuestros días.
Eso será lo único que nos quedará. El tiempo que compartimos. Las personas de las que cuidamos. Las veces que perdonamos. El amor que dimos. El bien que hicimos.
Por eso conviene que vivamos con el tiro bien centrado. Que no confundamos lo importante con lo urgente. Que no dediquemos toda nuestra vida a llenar una maleta que, llegado el momento, tendremos que dejar aquí.
Quizás vivir bien consiste precisamente en eso: sentirnos agradecidos cada día, ir acumulando tesoros para el Cielo y disfrutar del viaje.
Cuando venga en su gloria el Hijo del hombre, y todos los ángeles con él, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones. Él separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras. Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá el rey a los de su derecha: «Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Evangelio Mateo 25, 31 – 36).
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