Muchos de nosotros, con muy buena disposición, cuando decidimos que queremos seguir a Jesús y hacer vida su Evangelio, nos hacemos enseguida la misma pregunta: ¿Qué más puedo hacer?
Y, deseosos de activarnos, de ser útiles, de encontrar la manera de aportar nuestro granito de arena para el Cielo, enseguida empezamos a pensar en cómo organizarnos para hacer retiros, participar en peregrinaciones, involucrarnos en algún voluntariado o colaborar en la parroquia.
Porque en la sociedad en la que vivimos y en la cultura de la hiperproductividad en la que estamos envueltos, lo que nos sale de manera natural es hacer más cosas, tratando de optimizar aún más nuestro tiempo.
Pero quizás esa no sea la pregunta adecuada.
Porque seguir a Jesús no significa necesariamente hacer más cosas. A veces significará quitar algunas de las que ya tenemos en nuestra vida. Otras veces se tratará de reconducirlas, cambiar la manera de hacerlas o darles un sentido diferente.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos sea otra: ¿Dónde debo poner el foco?
Porque no se trata tanto de hacer más como de poner nuestras ilusiones, nuestras energías, nuestro tiempo o nuestros esfuerzos en aquello que de verdad merece la pena a los ojos de Dios.
Y la respuesta no será la misma para todos.
Lo que deba ser el foco o la prioridad para unos no lo será para otros. Porque los planes que tiene Dios para cada uno de nosotros son diferentes. Y por eso a cada uno de nosotros nos ha dotado de unas circustancias y unos talentos.
Llegados a este punto, y con el fin de concretar dónde poner el foco, quizás lo que deberíamos discernir es: ¿Qué quiere Dios de mí?
Porque no se trata de que nosotros nos diseñemos una agenda estupenda para Dios. Se trata de dejar que sea Él quien la diseñe.
Solo así podremos estar seguros de que estamos poniendo el foco donde debemos. Aunque unas veces recorramos el camino a buen ritmo y otras avancemos tropezón tras tropezón.
Porque, sí, estamos lejos de ser perfectos. Bien sabe nuestro Padre del Cielo el barro del que estamos hechos. Bien conoce la mochila de defectos, heridas, miedos e inercias con la que caminamos cada uno de nosotros.
Afortunadamente, Dios no nos quiere por nuestros méritos. Nos quiere porque Él es el Amor.
Lo que sí que es seguro es que a todos nos pedirá que, hagamos lo hagamos, lo hagamos con con amor, poniendo todo el corazón. Porque muchas veces no se trata tanto de qué hacer sino de cómo hacerlo. Y es el amor lo que siempre, siempre, siempre marca la diferencia.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde. Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada. Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría. (Primera carta de San Pablo a los Corintios 13, 1 – 3)
La imagen es de StockSnap en pixabay
Gracias Marta por estas reflexiones hechas con tanto AMOR