Hay días en los que sacar un ratito para rezar parece misión imposible. Quizás nos pasa porque lo sentimos casi como si fuera una tarea más a añadir a una agenda que ya tenemos bastante saturada. Pero lo cierto es que rezar no tiene por qué ser necesariamente algo que ocupe su propio espacio: también puede ser una forma en la que vivir lo que ya hacemos.

Algo tan cotidiano para todos como ir al súper a hacer la compra, solemos vivirlo de una manera un poco mecánica. Y así, con el piloto automático puesto, recorremos los pasillos, cogemos los productos de los estantes, revisamos nuestra lista para no olvidarnos nada, hacemos algo de cola en la carnicería y pasamos por caja. Y, cuando nos toca hacer la compra al final del día y vamos ya cansados, inevitablemente nos contrariamos cuando las colas son más pesadas de la cuenta o se atasca la caja.

También podemos ir al súper viendo la mano de Dios. Apagando el piloto automático y recorriendo esos mismos pasillos de forma consciente. Atentos a las pequeñas grandes cosas que nos rodean: ese padre que negocia con su hijo para que no se coma las galletas antes de pagarlas o esa cajera que sonríe aunque se le note el cansancio.

E incluso, podemos ir charlando con Dios. Sí, así sin más. Tratándole con la confianza de saberlo Padre y saber lo mucho que nos quiere.

La oración tranquila, en silencio, sin prisa, es necesaria. Mucho. Pero también es una maravilla esa otra oración más de andar por casa, sencilla, sin frases aprendidas, desordenada y real como la vida misma. Una oración improvisada que más bien es un compartir lo que nos va viniendo al corazón: dale paciencia a ese padre, cuida de esta mujer, a ver si hoy puedo descansar.

Rezar no tiene por qué ser algo separado de la vida. Podemos ver a Dios en cualquier lado. Porque la vida, al final, ocurre ahí, en lo ordinario, en lo aparentemente pequeño.

Rezar mientras hacemos la compra no es convertir el supermercado en una iglesia. Es, más bien, abrir espacio para que Dios entre en lo que ya estamos viviendo. Es dejar que Dios participe de nuestra vida cotidiana.

Quizá rezar así no cambia el mundo de forma espectacular. Pero cambia la forma en que nosotros lo miramos. Y eso nos acerca más al Cielo y termina por transformarnos.

Conviene no despreciar esos momentos sin importancia. La compra, el camino a la oficina o la sala de espera del dentista. Son lugares donde, sin darnos cuenta, podemos encontrarnos con Dios si aflojamos un poco el ritmo y tratamos de mirar de manera consciente.

No serán los espacios perfectos, ni será una oración muy centrada, pero es una oración posible y que nos ayuda a llenar la vida cotidiana de Su compañía.

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