Cuando pensamos en nuestra vida, inmediatamente nos vienen a la mente las personas que han sido importantes para nosotros, los lugares en los que hemos vivido, las vivencias que hemos ido teniendo, los logros que hemos cosechado, las dificultades que hemos atravesado, los aprendizajes que hemos tenido o nuestros recuerdos más queridos. El conjunto de todo ello, de una u otra manera, ha conformado la persona que somos hoy y la forma en la que miramos el mundo.
La vida espiritual también es una parte inseparable de nuestra vida y está ahí desde siempre, aunque muchas veces no seamos demasiado conscientes de su existencia.
A algunos de nosotros puede parecernos que la vida física y la vida espiritual son dos vidas distintas, que en ocasiones se dan la mano: se dan la mano cuando rezamos, se dan la mano cuando vamos a misa, se dan la mano cuando, de una u otra forma, dedicamos nuestro tiempo a estar con Dios.
Pero lo cierto es que a lo que estamos llamados es a que ambas vidas estén siempre entrelazadas, como lo están dos hebras de un mismo hilo. Estamos llamados a que ambas vidas vayan de la mano siempre. Porque el cristianismo es una forma de vivir. Es una forma de mirar. Es una actitud ante la vida. Es una forma de estar en el mundo, 24 horas al día y 7 días a la semana.
El cristianismo no se practica en la oración: el cristianismo se vive fuera de los templos, se vive en la calle, en el seno de nuestras familias, en nuestra vida como estudiantes, en nuestros trabajos, en nuestros vecindarios, con nuestros amigos y con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
¿No decía Santa Teresa de Jesús, muy didácticamente, aquello de Dios anda entre los pucheros? Pues eso.
La vida espiritual es algo transversal. Algo que está ahí siempre. Algo que condiciona todas nuestras vivencias y toda nuestra existencia.
Esas dos hebras, sin embargo no evolucionan igual con el paso del tiempo:
La vida física se soporta en un envase que es nuestro cuerpo. Un cuerpo que en las primeras etapas de la vida se desarrolla y se va haciendo cada vez más fuerte. Posteriormente, con el paso de los años, poco a poco se va desgastando y se va deteriorando. Y con ese desgaste y ese deterioro, inevitablemente, van aflorando limitaciones que nos hacen ir perdiendo algunas capacidades que antes teníamos.
Y tiene su dificultad convivir con esa realidad que, de alguna manera, nos hace sentir que con el paso del tiempo vamos yendo a peor.
La vida espiritual, por el contrario, no tiene esas limitaciones físicas. En la vida espiritual podemos seguir creciendo y seguir avanzando siempre, siempre, siempre. Es una vida en la que estamos llamados a amar cada día más y cada día mejor. Es una vida en la que estamos llamados a ser cada día más grandes, más hijos, más del Cielo.
Vale la pena apostar por ella. Vale la pena cuidarla, vale la pena regalarla y vale la pena disfrutarla.
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Marta, muchas gracias por seguir ahí mandándonos estas bonitas reflexiones.