Algunos de nosotros tenemos cierta afición a querer decir la última palabra en cualquier conversación. Quizás porque somos muy competitivos. Quizás porque nos gusta llevar siempre la razón. Quizás porque nos hace sentir importantes que otros vean nuestra autoridad. Quizás porque la soberbia se ha hecho fuerte nuestro corazón.
Y no nos damos cuenta de que para quienes nos rodean es realmente agotador estar frente a una persona que siempre cree tener la razón. Porque detrás de un comportamiento así hay falta de escucha activa, hay falta de empatía, y, sobre todo, hay falta de amor.
Puede que algunos de esos aficionados a querer decir siempre la última palabra sean personas especialmente brillantes. Muy bien. ¿Y? Los talentos con los que cada uno venimos a este mundo no son mérito nuestro, sino dones que nos han sido regalados desde el Cielo. Y nos han sido regalados, fundamentalmente, para ponerlos al servicio de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida; no para pasar por encima de ellas como si fuéramos apisonadoras.
Querer ganar a toda costa esas pequeñas grandes batallas dialécticas que con tanta frecuencia se dan entre nosotros es una necedad. ¿Qué necesidad tenemos de andar midiéndonos con nadie? ¿Qué necesidad tenemos de andar siempre compitiendo? ¿Qué necesidad tenemos de andar queriendo quedar por encima del otro?
¿Cuándo aprenderemos a vivir con las luces largas puestas? ¿qué hacemos dejándonos enredar en batallas del mundo que nos distraen de lo esencial y que no son más que luchas de egos que no llevan ningún lado?
¿Cuándo entenderemos que a lo que estamos llamados es a cuidar del otro, a ayudarlo, a facilitarle que se supere a sí mismo, a facilitarle que sea cada día mejor?
¿Cuándo llegaremos a amar tanto a los otros que nos alegremos de corazón cuando nos superen?
¿Cuándo entenderemos que los primeros a los ojos de Dios son los que más aman y los que más aman son los que más sirven?
Debemos de vivir muy conscientes de que el único que siempre tiene y siempre tendrá la última palabra es Dios. Y estar encantados de que así sea. Como niños, confiados, que todo lo esperan de su padre. Dios es infinito, todo lo puede, es señor del espacio, es señor del tiempo y es, sobre todo, un padre que desea lo mejor para cada uno de sus hijos. Un padre que nos quiere porque Él es todo amor y no por los méritos que nosotros podamos haber cosechado en nuestro paso por este mundo. Es tenerlo cerca lo que de verdad nos vuelve poderosos.
Conviene tener presente que nuestro tiempo en este mundo es limitado y que debemos aprovecharlo para lo que de verdad importa a los ojos del Cielo. Conviene que focalicemos nuestra energía, nuestros talentos y nuestras actitudes en ir avanzando en ese precioso camino del amor que estamos llamados a recorrer, sacando de de nuestra mochila -aunque sea poco a poco- aquello que nos lastra y nos impide avanzar a paso ligero.
La imagen es de Greyerbaby en pixabay
Muchas gracias.
Me ha servido de mucho tu reflexión de hoy,