Vivimos en un clima en el que reina la crispación. Es algo que, casi sin que nos demos cuenta, nos envuelve, nos atrapa y, de alguna manera, nos mete en una espiral en la que nunca querriamos haber entrado, porque contribuye a que aflore lo peor de nosotros mismos y nos roba la paz.

Ese ambiente de crispación en el que vivimos viene motivado por factores muy distintos:

Las prisas con las que nos vemos obligados a funcionar para llegar a cumplir con todo lo que tenemos previsto en unas agendas imposibles, sin duda contribuyen a nuestro desasosiego, por no poder dedicar a cada una de las tareas que tenemos que hacer el tiempo y el cariño que nos gustaría dedicarles.

La hiperconexión que tenemos y el exceso de información que nos llega -muchas veces simultáneamente- a través de los distintos canales que llevamos con nosotros, tampoco nos ayudan a centrarnos. Más bien nos conducen a ir como pollo sin cabeza, saltando del whatsapp al email, del email a las llamadas o de las llamadas al teclado, dejando por el camino un sinfín de conversaciones, lecturas y trabajos abiertos y sin terminar de rematar.

La polarización en la que nos hemos acostumbrado a vivir tampoco contribuye en absoluto a que tengamos un estado de paz: relacionarnos tan solo con quienes tienen la misma ideología que nosotros y reforzarnos continuamente, nos lleva a mirar a quienes no piensan como nosotros casi como si fueran enemigos a combatir, en lugar de a verlos como personas que también tienen sus contextos, sus razones y sus heridas.

Otros vivimos desencantados, atrapados en vidas muy distintas a las que un día soñamos, o en trabajos que no nos gustan, o en actitudes de las que ya no sabemos cómo salir. Y nos mantenemos ahí, al tran trán, como hamsters dando vueltas en una rueda, sin atrevernos a romper la baraja y volver a empezar.

Y así, vivimos con los nervios a flor de piel. Como en un polvorín que puede explotar en cualquier momento.

Un horror.

Los cristianos estamos llamados a vivir desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres, nuestros hermanos. Pero Dios no nos saca del mundo; nos quiere viviendo en él, con todas sus maravillas y todas sus miserias. Y en medio de todas ellas nos invita a florecer.

Para poder florecer y avanzar en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer es importante que no perdamos nunca de vista qué es lo importante y qué no lo es: no perdamos la perspectiva de qué batallas son las que merece la pena luchar y qué batallas conviene dejar pasar porque son batallas de egos, de envidias o de soberbias que no llevan a ningún lado.

No dejemos nunca de pensar en grande, en el interés de quienes tenemos al lado o en el bien común.

No dejemos nunca de confiar en ese Dios que es, sobre todo, Padre, que siempre va con nosotros y muy especialmente cuando nos vemos obligados a vivir a contracorriente.

1 comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.