Cuando somos jóvenes o comenzamos la madurez, muchos de nosotros damos excesiva importancia nuestro aspecto exterior y llevamos mal que empiecen a acompañarnos las primeras canas o las primeras arrugas. Y comenzamos a tratar de luchar contra esos signos que va dejando en nosotros el paso del tiempo.

Y así, nos esforzamos en cuidarnos, haciendo ejercicio regularmente o tratando de tener una alimentación más saludable.

Algunos damos un paso más y buscamos tratamientos, cosméticos o ropa que nos ayuden a proyectar una imagen más joven. Algo que no tiene mucho sentido porque, aparentemos lo que aparentemos, jamás podremos cambiar la edad que en realidad tenemos.

Cuando vamos acumulando ya años, más que el aspecto exterior, empieza a preocuparnos el desgaste del cuerpo que, nos guste o no, sigue su curso natural. Y nos asusta poder perder agilidad, memoria o movilidad. Y sentimos vértigo, e incluso miedo, cuando vemos que algunos de nuestros amigos de siempre nos adelantan en el camino hacia la casa del Padre.

Pero los cristianos -y quienes aspiramos a serlo algún día- debemos vivir el paso del tiempo con serenidad:

Debemos vivir el paso del tiempo con serenidad entendiendo, más pronto que tarde, que las cosas que de verdad importan son muy poquitas. Y que entre esas cosas no está nuestro aspecto exterior.

Debemos vivir el paso del tiempo con serenidad desprendiéndonos, poco a poco, de todo aquello que nos lastra y que nos impide ir acercándonos a nuestra mejor versión. Conviene ir dejando atrás soberbias, egoísmos, ambiciones o ese apego insensato que tantas veces tenemos a las cosas materiales.

Debemos vivir el paso del tiempo con serenidad invirtiendo todos esos esfuerzos tan vanos que hacemos para tratar de detener en nuestro cuerpo los signos de la edad, en cuidarnos de verdad por dentro: cuidar el alma. Cuidar lo que permanece, lo que debe ser de verdad bonito y que, de hecho, puede serlo cada día más: ese corazón que debe ser casa para todos y que ha de ser hogar también para la familia del Cielo.

Debemos vivir el paso del tiempo con serenidad comprendiendo que ya durante nuestra vida en la tierra podemos empezar a vivir con el estilo del Cielo cuidando, en la medida en la que nos sea posible, de todas las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

Y así, tomando conciencia de que, al contrario de lo que pasa con nuestro aspecto exterior, nuestro interior sí que puede ir mejorando hasta el final de nuestros días, aceptaremos el paso del tiempo con alegría. Y habremos aprendido a envejecer.

Y nos miraremos al espejo y, tras esos signos que van dejando en nuestra cara los años, veremos vivencias, veremos experiencia, veremos cicatrices, veremos los nombres de las personas que nos han querido y también los de las personas a las que hemos querido y han dejado su huella en nosotros.

Y nos sentiremos profundamente agradecidos por tanto.

Y nos sentiremos cada vez más cerquita de nuestra meta, que no puede ser otra más que el Cielo.

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