Estas semanas estamos presenciando, sobrecogidos, la guerra que ha estallado entre Israel y Gaza. Un despropósito de guerra que está haciendo aún más profundo el odio que ya existe ente los dos pueblos. Un despropósito de guerra con la que ya se ha entrado en una espiral de violencia que seguirá yendo cada vez a más. Un despropósito de guerra a la que muy posiblemente se irán viendo arrastrados otros países. Un despropósito de guerra en la que, irremediablemente, todos perderán.
Las guerras no son nada nuevo: desde que el mundo es mundo los hombres hemos peleado entre nosotros por ambición, por tierras, por poder, por religión o por riquezas naturales. Y tanto es así, que es necesario que los países contemos con un ejército que pueda defender a nuestras gentes y a nuestra tierra en caso de ser atacados.
Lo que no deja de sorprenderme es que como humanidad no seamos capaces de aprender de nuestra historia ni de los errores que ya se han cometido tantas veces en el pasado. Pero así es. Y aquí seguimos, atascados en el «ojo por ojo, diente por diente», con la mirada puesta en lo mucho que nos separa en lugar de tenerla puesta en lo mucho que nos une.
No hemos aprendido que las guerras generan un sufrimiento irreparable, destrozando personas, vidas, familias, territorios y progreso.
No hemos aprendido que las guerras sacan lo peor de las personas y de los pueblos y que hacen aflorar un odio y un envenenamiento, que solamente el paso del tiempo, con su relevo generacional, es capaz de suavizar.
Jesús, que tan bien conocía el ser humano, con todas sus grandezas y todas sus miserias, vino a este mundo para tratar de instaurar una nueva lógica: la lógica del amor. El amor a Dios y el amor a las personas. Un amor que en ocasiones se tiene que traducir en escucha, en ocasiones se tiene que traducir en esforzarse para mirar al otro desde la empatía, en ocasiones se tiene que traducir en compasión, en ocasiones se tiene que traducir en perdonar y en ocasiones se tiene que traducir en pedir perdón.
Es una lógica que pone a las personas por encima de todo. A todas las personas. Independientemente de su condición social, su raza, su origen, su país, su nivel cultural, su religión o su condición sexual.
Estamos llamados a salir de la mediocridad para vivir desde la grandeza, con las luces largas puestas, con altura de miras, pensando en el bien común, desde el espíritu de servicio, guardando los egos en un cajón y el rencor en otro. Haciendo hasta lo imposible por identificar los espacios en los que el encuentro, las soluciones y la convivencia sean posibles.
¡Qué distinto sería este querido mundo nuestro que está tan estropeado si estuviera más extendida la lógica del amor entre quienes lo dirigen!
La propuesta de Jesús puede resultar ingenua para muchos. Pero no lo es. Tiene una profundidad tan grande que cambia la vida -y de qué manera- de todos los que se adentran en ella.
Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo os digo: no hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas.
Mateo 5, 38 – 42
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Bellisima reflexión para unos tiempos duros que toca vivir por la sinrazón, el egoismo y el odio. Ojalá la semilla del amor germine en lo más hondo de esas almas vacías, egoistas y rencorosas, les haga recapacitar y abandonen el sinsentido de la guerra. Dios te bendiga.
Muy buena reflexión. Pero cada día estamos más alterados y saltamos por muy poco, deberíamos toda la humanidad hacer más caso al mensaje y enseñanza de Jesús y no habría tantos conflictos