En ocasiones nos cuesta aceptar a las personas que nos rodean tal y como son. Con sus virtudes y también con sus defectos y sus manías. Especialmente a las que tenemos más cerca o a aquellas con las que tenemos más confianza. Y tratamos de hacerlas cambiar para que se asemejen a lo que a nosotros nos gustaría que fueran. Pero lo cierto es que es un foco de frustración, porque esos cambios raramente se dan.

Jesús, siendo Dios, nunca buscó rodearse de personas pluscuamperfectas:

Cuando escogió a sus más íntimos, a sus apóstoles, no fue a buscar personas eruditas ni personas que gozaran de reconocimiento social. Los apóstoles de los que se rodeó eran en su mayoría personas sencillas, pescadores, que no destacaban ni por su inteligencia, ni por sus relaciones personales, ni por sus virtudes. Y con ellos convivió durante los tres años que duró su vida pública. A ellos enseñó preferentemente su doctrina con sus palabras y con sus obras. Y a ellos encomendó que continuasen la extensión de su doctrina, una vez que él se fuera a la Casa del Padre.

Las personas a las que dirigió sus atenciones y sus milagros fueron, preferentemente, personas que por una u otra razón se habían quedado al margen de la sociedad: porque eran pecadoras, porque estaban endemoniadas o porque tenían alguna enfermedad o discapacidad. No eran estos tampoco pluscuamperfectos precisamente, sino más bien todo lo contrario.

Pero él miraba en sus corazones y veía, principalmente, lo que podían llegar a ser. Y, lejos de despreciarlos, los acogía a su lado. Y los curaba, los perdonaba y los acercaba a ese Dios que, sobre todo, es Padre. Y con sus atenciones, además, les devolvía la autoestima, les hacía volver a sentirse parte de la sociedad y les hacía volver a sentirse queridos:

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificio»: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» 

Evangelio Mateo 9, 12-13

Nosotros -los cristianos y los que aspiramos a serlo- con mucha frecuencia, lejos de imitar ese comportamiento de Jesús, nos resistimos a aceptar a las personas tal y como son, con sus virtudes y también con sus defectos. Y ponemos la lupa en sus defectos. Y parece que se nos olvida que nosotros tampoco somos precisamente perfectos y que también nos gusta que nos acepten y nos quieran con nuestras cosas buenas y las que no lo son tanto.

¿Cuándo dejaremos de ver la paja en el ojo ajeno y veremos la viga en el propio?

Nos cuesta. Nos cuesta mucho.

Si queremos que este mundo mejore, y que mejoren las personas que nos rodean, la receta más eficiente y más sencilla es empezar por cambiar nosotros. Lo cual es, por otro lado, lo único que de verdad está en nuestra mano.

Nosotros somos quienes conocemos mejor que nadie qué es lo que de verdad nos mueve, cuáles son las miserias que llevamos en el corazón -¿envidia, egoísmo, soberbia?- cuáles son los hábitos que deberíamos cambiar y cuáles son las cosas que deberíamos sacar de nuestra vida porque nos impiden avanzar en el camino del amor.

Empecemos por ahí. Y cuando hayamos avanzado y miremos hacia atrás, posiblemente nos daremos cuenta de que, con nuestra evolución también habrá cambiado nuestro entorno y, en mayor o menor medida, también lo habrán hecho las personas con las que habitualmente convivimos, trabajamos y nos relacionamos. Ese es el sentido de la invitación que nos hace Jesús a ser la sal de la tierra.

La imagen es de geralt en pixabay

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