La misericordia es una disposición del corazón que nos hace compadecernos de los sufrimientos y miserias ajenas. Se manifiesta en ese estar atento de lo que el otro pueda necesitar, en el perdón o en la reconciliación. Y es también una virtud que nos impulsa a ser benévolos con los juicios y los castigos.

Jesús nos invita a que hagamos del amor nuestro estilo de vida y nos invita a que lo hagamos sin fuegos artificiales: desde lo sencillo, desde lo cotidiano, desde esas pequeñas grandes cosas que están al alcance de todos.

Ese estilo de vida se debe manifestar de muchas maneras: se debe traducir en el compromiso con el que vivimos, se debe traducir en un profundo espíritu de servicio, y se debe traducir, por supuesto, en la misericordia con la que miramos a los demás: ¡cómo no se nos va a ir el corazón al que sufre y cómo no vamos a tener una clara inclinación a disculpar y a perdonar a quien no se ha portado con nosotros como debiera haberlo hecho!

Jesús -conocedor de la dureza de nuestro corazón cuando se trata de enjuiciar y perdonar- nos invitó entonces, y nos sigue invitando hoy, expresamente, a que tengamos misericordia:

«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificio«: que no he venido a llamar a justos sino a pecadores» 

Evangelio Mateo 9, 12-13

El ser misericordiosos con quienes van pasando a nuestro lado en el camino de la vida tiene además, aún sin buscarla, una consecuencia para nosotros:

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia

Evangelio Mateo 5, 7

Una de las cosas que a mí, personalmente, más me gusta de la doctrina de Jesús es que resulta infinitamente justa. Tanto, tanto, tanto, que el criterio con el que el día de mañana se nos juzgará cuando acaben nuestros días aquí en la tierra, no será el mismo para todos: a cada uno se nos medirá según la medida con la que hayamos medido. De tal manera que Dios no nos perdonará si no hemos perdonado y será duro con nosotros si con dureza hemos juzgado a quienes han ido pasando a nuestro lado.

Seremos juzgados con misericordia sólo si en vida hemos tenido misericordia con los demás. Ni más. Ni menos.

Sabemos que al final de nuestros días solamente se nos pedirá cuentas sobre el amor:

«Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» 

Evangelio Mateo 25, 34 – 36

Pero ¿acaso alguno de nosotros podría salir bien parado de ese juicio final si no fuera juzgado con misericordia? Yo, sinceramente, creo que no. Porque, en mayor o menor medida, lo cierto es que todos contamos en nuestra mochila con numerosas miserias, faltas y pecados, muy especialmente de omisión: atenciones y cuidados que debíamos haber tenido con personas que han pasado por nuestra vida a las que hemos descuidado. Por egoísmo, por despiste, por estar centrados en cosas que realmente no eran importantes… por lo que sea.

Sólo con una mirada misericordiosa saldremos bien parados. Y solamente la tendremos si antes hemos mirado con ella a los demás.

Ante todo, mantened un amor intenso entre vosotros, porque el amor tapa multitud de pecados

1 Pedro 4:8

La imagen es de Geralt en pixabay

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