Enfadarnos con Dios

¿Quién no ha tenido alguna vez la sensación -o más bien, la seguridad- de estar fallando a Dios? ¿Quién no se ha sentido indigno de tanto como ha recibido y recibe? ¿Acaso alguno de entre nosotros siente que le corresponde adecuadamente?

Nuestra realidad no es nada nuevo. También aquellos apóstoles a los que escogió Jesús como sus más íntimos le fallaron en numerosas ocasiones.

Jesús fue con sus discípulos a un huerto, llamado Getsemaní, y les dijo: «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar». Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia. Entonces les dijo: «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo». Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo: «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú». Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos. Dijo a Pedro: «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil». De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo: «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

Evangelio Mateo 26, 36 – 42

Terminada ya la Última Cena Jesús, sabiendo que el desenlace de su vida está a punto de comenzar, decide ponerse en las manos del Padre.

Durante la cena había repasado con los suyos los aspectos más relevantes de esa doctrina que llevaban tres años escuchando y viendo cómo él vivía en primera persona y ahora se dispone a prepararse para enfrentar la pasión que sabe que le espera.

Jesús, tan hombre y tan vulnerable como cualquiera de nosotros, está «triste hasta la muerte» y siente angustia. Y, aunque se va a poner en las manos del Padre, en esta ocasión pide también a tres de sus Apóstoles -Pedro, Santiago y Juan- que lo acompañen y velen con él.

Y los tres se duermen: los tres fallan a su Maestro en el momento más angustioso de su vida. Más adelante, dos de ellos -Pedro y Santiago- le fallarían de nuevo dejándolo solo en la pasión. Solamente Juan estaría con él al pie de la Cruz.

En su favor hay que decir que la cena había sido intensa en enseñanzas y en emociones y posiblemente también había sido abundante en comida y en vino, lo que sin duda facilitó el que los apóstoles cayeran rendidos. Y pese a que Jesús les había dado claras pistas del desenlace que estaba a punto de suceder, posiblemente tampoco eran conscientes de la gravedad de lo que iba a pasar ni del estado de profunda angustia en la que se encontraba su Maestro.

Pero lo cierto es que Jesús les pide expresamente que velen con él y ellos se duermen. Le fallan los tres.

¿Cuántos de nosotros no nos vemos reflejados en ellos?

Muchos de nosotros tenemos la firme disposición de ser querer contarnos entre los Suyos: tenemos la firme disposición de seguirlo, la firme disposición de tratarlo y la firme disposición de vivir con el estilo de vida que él nos enseñó, ocupándonos de las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

En ocasiones nos vemos a nosotros mismos avanzamos a paso firme en la dirección deseada pero en otras muchas ocasiones nos encontramos dando pasos hacia atrás: dejando que nos envuelvan los espejismos del mundo, dejando que el egoísmo se instale en nuestro corazón, dejando que nos adormezca la pereza o dejándonos enredar por el trabajo más de lo que deberíamos. Y terminamos por desocuparnos de lo esencial, permitiendo que las faltas de omisión se sucedan una detrás de otra.

«Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil» El propio Jesús nos da la clave.

No basta con que tengamos la firme disposición de no pecar para no caer en tentación: es necesaria la oración, es necesario que nos pongamos en manos del Padre, es necesario que hagamos equipo con Dios y que dejemos que sea su Espíritu el que guíe nuestros pasos. Porque nuestras fuerzas son limitadas, nuestras capacidades y recursos también, y nuestra carne es débil. Muy débil.

Mientras duran nuestros días en la tierra estamos a tiempo de reconducir la forma en la que dirigimos nuestra vida. Por mucho que hayamos podido fallar a Dios en el pasado, sabemos que siempre nos está esperando, deseoso de que volvamos a Casa.

Mientras duren nuestros días en la tierra estaremos también a tiempo de terminar dando la talla como Pedro, Santiago y Juan, que en esta ocasión no supieron velar con Jesús, pero que tras la resurrección de su Maestro dedicaron el resto de sus vidas a extender el cristianismo por el mundo entero.

La imagen es de pexels.com

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