San Juan Bautista jugó un papel clave en la historia del cristianismo. Viviendo austeramente en el desierto comenzó a predicar el amor como nunca antes se había hecho.

A los que venían para ser bautizados les decía: «¡Raza de víboras!, ¿quién os ha enseñado a escapar del castigo inminente? Dad el fruto que pide la conversión. Y no os hagáis ilusiones, pensando: “Tenemos por padre a Abrahán”, pues os digo que Dios es capaz de sacar de estas piedras hijos de Abrahán. Ya toca el hacha la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto será talado y echado al fuego».
La gente le preguntaba: «Entonces, ¿qué debemos hacer?». Él contestaba: «El que tenga dos túnicas, que comparta con el que no tiene; y el que tenga comida, haga lo mismo».

Evangelio Lucas 3, 7 – 11

Juan supo  comprender qué es lo que Dios quería de él. Supo, cuando llegó el momento, salir a predicar, supo proponer un bautismo de conversión y vuelta a Dios y supo también, llegada la hora, retirarse a un segundo plano para dejar que fuera Jesús quien ocupase la primera posición

Su cometido lo tuvo más que claro: él tenía que ser el puente entre la espiritualidad reinante entonces – compuesta por más de 600 preceptos y Leyes – y la propuesta que poco después  traería Jesús, que de una manera muy didáctica resumiría en algo tan sencillo y tan hondo a la vez como el amor a Dios y el amor a los hombres.

La misión de Juan fue preparar los corazones de aquellos que quisieron escucharle para que pudiesen recibir a Jesús. Y a ella dedicó su vida adulta, proponiéndosela de la misma manera tanto a las gentes sencillas como a las poderosas. Y tanto fue así que no reparó en afear al mismísimo Herodes su comportamiento con la mujer de su hermano y le costó la vida. 

El mundo en el que vivimos hoy está lejos del de entonces. Mientras que en aquellos días la espiritualidad – mejor o peor vivida – era una parte importante de la vida de las personas y era algo que tenía mucha relevancia a nivel social, en la sociedad de hoy – al menos en el mundo occidental – lo cierto es que apenas tiene espacio.

Ese hueco, que tan solo puede llenar lo trascendente, tratamos de llenarlo con sucedáneos que no lo podrán sustituir jamás. Y eso origina que tengamos  a nuestro alrededor a tantas personas que buscan no saben muy bien qué y que, por supuesto, no encuentran. Porque buscan donde no deben. Y están perdidas «como ovejas sin pastor».

También nosotros, como en su momento hizo San Juan Bautista, podemos ser facilitadores de que otras personas lleguen a Dios. Y podemos ayudar a preparar sus corazones para que estén abiertos y listos para cuando el Padre les busque y les llame, lo que habitualmente ocurre una y otra vez, aunque tantas veces no lo sepamos ver.

Para hacerlo, habrá veces en las que convengan las palabras. Pero habitualmente bastará con que nos sientan personas cercanas, personas confiables, personas generosas, personas alegres, personas agradecidas, personas de esas que uno siempre quiere tener cerca porque hacen sentir bien y hacen crecer. Eso es preparar el camino a Dios. Eso es ser luz del mundo. Eso es sembrar.

Será el Padre, en cualquier caso, quien después las llame y quien, tras su «sí, quiero», les regale el crecimiento espiritual en el momento en el que más les convenga. Sabiendo nosotros que Dios tiene unos tiempos y unos porqués que a veces no comprendemos, algunas veces tan solo intuimos y otras veces, felizmente, vemos con claridad.

La imagen es de MariangelaCastro en pixabay

1 comentario

  1. Marta, me parece muy oportuno señalar el importante papel que san Juan Bautista desempeñó en su tiempo y su adaptación al siglo veintiuno.

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