Muchos de nosotros vivimos nuestra vida remangados y trabajando mucho para salir adelante y sacar adelante a los nuestros. Y cada mañana levantamos la persiana dispuestos a dejar lo mejor de nosotros mismos en nuestros trabajos y en cada una de las cosas que vamos haciendo. Y está bien. Así debe ser.
Lo que ya no está tan bien es que enfrentemos cada día y el conjunto de nuestra vida como si todo dependiera de nosotros mismos: de nuestro esfuerzo, de nuestro trabajo, de nuestros talentos, de nuestros contactos o de nuestros recursos. Porque no es así.
Los cristianos no debemos vivir teniendo a Dios como un Padre al que rezar un ratito los domingos. Los cristianos debemos tener presente, cada día de la semana -también esos lunes que tantísimo nos cuesta levantarnos cuando suena el despertador- que tenemos a Dios siempre ahí, en la retaguardia. Y que podemos y debemos contar con Él tanto en las pequeñas grandes cosas de nuestro día a día como en los momentos en los que la vida se nos pone difícil, porque se presentan en nuestra puerta los problemas, los fracasos, las enfermedades, las dudas, los desengaños o los agobios. ¿Cuándo empezaremos a vivir como si de verdad nos creyésemos que Dios es Padre y que además todo lo puede? ¿Cuándo viviremos asentados en la Esperanza? ¿Cuándo empezaremos a vivir con la certeza de que ninguna cosa es imposible para Dios?
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