Dios tiene tiempos distintos para cada uno de nosotros.
A algunos nos llama en la niñez. A otros en la juventud. A otros cuando ya hemos recorrido buena parte del camino de la vida. Y a otros, incluso, cuando estamos llegando al final.
No nos corresponde a nosotros conocer sus porqués. A nosotros lo que nos corresponde es responderle cuando somos llamados a sus filas. Haciendo uso de nuestra libertad, podemos acudir a su llamada o no hacerlo.
Lo que sí sabemos es que quienes respondan a esa llamada y vivan desde el amor recibirán un regalo mucho mayor de lo que jamás hubieran podido imaginar: disfrutarán nada menos que de una vida eterna junto a Él.
Y ese regalo será el mismo para todos.
Para quien dijo que sí a los diez años y para quien lo dijo a los ochenta. Para quien pasó toda una vida junto a Dios y para quien lo descubrió al final de sus días.
Quieres conocimos pronto a Dios habremos estado trabajado más años por el Reino. Pero… ¿no es eso, en sí mismo, un regalo?
¿No es un privilegio haber podido pasar toda una vida cerca Dios? ¿No es un privilegio haber podido orientar nuestra vida hacia el Cielo desde su comienzo? ¿No es un privilegio haber tenido toda una vida para amar más y mejor?
Quienes tuvimos la suerte de conocer el Evangelio tempranito deberíamos estar profundamente agradecidos.
Y si, en lugar de agradecimiento, lo que sentimos es cierta pelusa cuando vemos que alguien que llegó hasta Dios al final de su vida recibe exactamente el mismo regalo que nosotros esperamos, quizás algo no está funcionando bien en nuestra mirada.
Quizás seguimos mirando con la lógica del mundo. Quizás todavía no hemos avanzado lo suficiente en el camino del amor. Quizás aún no hemos entendido que la nuestra es una religión de máximos.
Porque la lógica del amor a lo que debe llevarnos es a desear lo mejor para el otro.
El Evangelio recoge la conversión de Dimas, el buen ladrón, que llegó a Jesús en el último momento de su vida y fue premiado con el paraíso. Y nos habla también de aquellos jornaleros que fueron llamados a última hora a trabajar a la viña y recibieron también el jornal completo.
¿De verdad podemos molestarnos porque Dios sea bueno?
Pues el reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo: “Id también vosotros a mi viña y os pagaré lo debido”. Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: “¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?”. Le respondieron: “Nadie nos ha contratado”. Él les dijo: “Id también vosotros a mi viña”. Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz: “Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo: “Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”. Él replicó a uno de ellos: “Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”. Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos» (Evangelio Mateo 20, 1-16)
La imagen es de Peggy_Marco en pixabay
Deja una respuesta