Cuando vuelven los 72 discípulos que Jesús había enviado a misionar delante de él para irle preparando el camino llegan entusiasmados. ¡Cómo no iban a llegar entusiasmados si venían de curar enfermos y de someter demonios! ¡Quién de nosotros no se sentiría igual después de una experiencia como esa! Sin embargo cuando, ya en casa, están compartiendo sus éxitos con su Maestro, Jesús les dice: No estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están escritos en el cielo.

Con esa respuesta invitaba Jesús a los suyos entonces a que no basaran su alegría en los logros conseguidos. Les invitaba, más bien, a anclar su alegría más honda en saberse profundamente queridos por Dios: en saber que Dios contaba con ellos para la eternidad.

Nosotros hoy, siglos después, aunque no se nos haya concediddo ni poder de sanación ni poder para expulsar demonios, también atravesamos etapas de éxitos, en las que las cosas nos van bien: éxitos en los pasos que vamos dando, éxitos profesionales o incluso logros en la vida espiritual.

Cuando llegan esas etapas de triunfos nos sentimos muy satisfechos y muy felices. Sentimos que la vida nos sonríe. Y en ocasiones, algunos de nosotros incluso nos venimos arriba más de la cuenta y empezamos a coquetear con la tentación de mirar a los otros por encima del hombro, la tentación de sentir que nos lo merecemos o la tentación de simpatizar con la soberbia.

Y disfrutar de las etapas de triunfos está muy bien. Cómo no. Pero es importante no perder nunca de vista que nuestros méritos son muy relativos. Porque los talentos con los que nacimos nos fueron regalados. Y porque siempre contamos con asistencia de ese Dios que es, sobre todo, Padre. Es mucho lo que debemos al Cielo y es precisamente de eso lo que debería hacernos profundamente felices: sabernos tan profundamente amados por Dios.

Si así vivimos los éxitos, lo cierto es que la tentación de mirar a los otros por encima del hombro, la tentación de sentir que nos lo merecemos o la tentación de simpatizar con la soberbia nunca tendrán cabida. Y nos sentiremos felices de disfrutar de esos éxitos de la mano de un Padre que todo lo puede y que tanto nos quiere.

Cuando llegan las etapas de fracasos y de dificultades, sentimos que la vida nos trata mal. Y en ocasiones, algunos de nosotros incluso nos venimos abajo más de la cuenta y empezamos a coquetear con la tentación de sentir que no valemos para nada, la tentación de sentir que nos merecemos todo lo malo que nos pasa, la tentación de enfadarnos con Dios o la tentación de tirar la toalla.

Pero es importante no perder de vista que las etapas de fracasos son también etapas de aprendizaje y etapas en las que habitualmente el crecimiento es mayor que en las etapas de éxitos. Y que es mucho lo que nos asisten desde el Cielo para que podamos recuperarnos y ponernos en marcha de nuevo. Y es precisamente de eso lo que debería hacernos profundamente felices también en las etapas difíciles: sabernos tan profundamente amados por Dios.

Dios quiere contar con nosotros hoy; quiere que seamos sus Manos aquí en la tierra. Y quiere que, como sus Manos que somos, cuidemos de sus hijos, nuestros hermanos. A la eternidad no nos llevaremos ni el dinero que hayamos ganado ni los éxitos que hayamos conseguido ni los fracasos que hayamos tenido que superar. Al Cielo solamente nos llevaremos el amor: el amor que hayamos recibido y el amor que hayamos sido capaces de regalar durante nuestro paso por este mundo.

Los setenta y dos volvieron con alegría diciendo: «Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre». Él les dijo: «Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Mirad: os he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada os hará daño alguno. Sin embargo, no estéis alegres porque se os someten los espíritus; estad alegres porque vuestros nombres están inscritos en el cielo». Evangelio Lucas 10, 17 – 20

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