Hace tan sólo unos días leíamos un pasaje precioso del Evangelio que nos contaba cómo un día, tras la muerte de Jesús, salieron 7 de los apóstoles a pescar y no pescaron nada en toda la noche. Una vez que hubo amanecido, alguien desde la orilla les invitó a echar la red a la derecha de la barca y pescaron tanto, que casi ni podían arrastrarla. Juan reconoció en aquella persona a su Maestro y se lo dijo al resto. Y Pedro, al oírlo, se lanzó al mar.

De Pedro han quedado recogidas muchas reacciones en el Evangelio, lo que nos deja sentir que -al menos un poco- lo conocemos. Sabemos de él que era todo pasión. Y que estaba tan cargado de defectos como cualquiera de nosotros; tanto, que llegó a negar a su Maestro. También sabemos que quería a Jesús con locura; tanto, que llegaría a dar su vida por Él y por su Evangelio.

Nosotros, siglos más tarde, también conocemos a Jesús. No hemos convivido con Él, pero lo conocemos bien a través de su doctrina.

Y conocerlo bien y querer hacer vida su Evangelio tiene que tener, necesariamente, consecuencias en nuestra actitud y en nuestra vida. Porque Jesús transforma el corazón y despierta en nosotros un fuerte deseo de querer ser mejores y pasar a la acción:

Dejando atrás, como Pedro, el suelo firme: lo conocido, nuestro confort, nuestras seguridades, nuestros apegos, la presión social, nuestras frustraciones, nuestras heridas y esa mochila de miserias que nos lastran y nos impiden que lleguemos a convertirnos en nuestra mejor versión.

Enfrentando, como Pedro, el riesgo, el agua fría, la incertidumbre e incluso el vértigo. Así debe ser. Estamos llamados a ser valientes y a vivir sin miedo. Estamos llamados a vivir, de verdad, desde la Fe. Trabajando mucho, sí; pero sabiendo que siempre contaremos con el respaldo del Cielo.

Con la esperanza de llegar a la orilla en la que está ese Jesús junto al que queremos vivir el resto de nuestra vida. De esta vida y de la otra. Porque sin Él y su doctrina, podremos estar muy cómodos y muy calentitos, pero lo cierto es que nada tiene sentido.

Para terminar ese post, os comparto un poema preciosísimo de José María Rodríguez Olaizola SJ publicado en su libro Cuando llegas. El pema se titula Y se tiró al agua.

Y se tiró al agua,
dejando en la barca prudencia y miedo.
Abandonaba
la vacilación,
las protestas,
la inseguridad,
las negaciones.
Saltaba,
Ya desnudo
de las certidumbres
de antaño,
y revestido
de nueva pobreza.
Se zambullía
en el mar de aguas vivas,
sin temor a hundirse.
En la orilla
intuía
al Amigo de siempre,
al Pan de todos,
la Vida compartida,
un Abrazo sanador,
la Cruz vencida.
No lo pensó más.
No lo dudó más.
No lo esquivó más,
y se tiró al agua.

En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Evangelio Juan 21, 1 – 14

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