Si la existencia de Jesús hubiera terminado en la Cruz, su vida hubiera terminado en un rotundo fracaso. Pero, afortunadamente, no fue así: Jesús resucitó y, con su resurrección, todo cobró sentido. Cobró sentido su vida, cobró sentido su doctrina, cobró sentido la apuesta que hicieron los apóstoles por Él y tiene sentido que nosotros hoy, siglos más tarde, apostemos también por hacer vida su Evangelio viviendo desde un profundo amor a Dios y a los hombres.
Si lo hacemos, no estaremos libres de dificultades, problemas o agobios. Pero podremos estar seguros de que tendremos una vida plena y podremos ser uno con Él y con el Padre. En la otra vida y también en ésta.
En el Evangelio se narran las distintas apariciones de Jesús. En una de ellas se nos cuenta cómo siete de los apóstoles se fueron a pescar, que era la forma en la que sabían ganarse la vida. Tras toda una noche en el mar sin pescar nada se les apareció Jesús y, desde la orilla, les invitó a echar las redes por la derecha de la barca. Y, como no podía ser de otra manera, pescaron tantos peces que casi no podían tirar de la red.
Nosotros, muchas veces, como aquellos apóstoles, pasamos etapas oscuras que parecen noches interminables. Y necesitamos que desde el Cielo salgan a nuestro encuentro a echarnos una mano y a regalarnos la luz que nos falta.
En aquella ocasión el Maestro no sólo les ayudó con la pesca, sino que los esperó en la orilla preparándoles el desayuno. Un detalle que muestra la finura de Jesús y muestra también cómo desde el Cielo están pendientes de lo grande y también de lo chico.
Muchos de nosotros no tenemos reparo en pedir ayuda a Dios cuando tenemos preocupaciones importantes, pero se nos hace difícil recurrir a Él para las pequeñas grandes cosas de la vida ordinaria, quizás por no molestarle para cosas menores. Creo que es un error en el que caemos porque nos olvidamos de que Dios es infinito y puede atender lo importantísimo, lo importante, lo mediano y lo pequeño de cada uno de nosotros. Y, es más, creo que como Padre que es, tiene que estar encantado de que lo tengamos ahí para todo aquello que podamos necesitar: conversación, consuelo, ayuda, luz, paz, ánimo o soluciones. Como niños que buscan a su padre.
Cada uno de nosotros tenemos nuestras circunstancias, nuestra personalidad y los talentos que nos han sido regalados desde el Cielo. Eso nos hace comportarnos y reaccionar de manera diferente frente a una misma realidad. Así, en aquella aparición de Jesús, fue Juan el que tuvo la sensibilidad de reconocer a su Maestro y fue Pedro el que se lanzó al mar. Nosotros también somos todos diferentes, todos únicos y todos queridísimos para esa familia del Cielo que tanto desea acompañarnos en el camino de la vida.
En aquel tiempo, se manifestó Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.
Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.
Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Ésta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos. Evangelio Juan 21, 1 – 14
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Me impresionó éste relato, continúe con su trabajo, le felicito!!!