Décima estación. Jesús es despojado de sus vestiduras
Después de haber sido injustamente juzgado, maltratado, torturado y humillado, llega Jesús andando hasta el Gólgota cargando con su Cruz. Una vez allí, es despojado de lo último que aún le queda: su ropa. Posiblemente con este acto quisieron terminar de humillarlo y despojarlo también de su dignidad.
La dignidad, sin embargo, nunca se la podrían quitar, porque no eran sus vestiduras las que se la daban. La dignidad se la daba el profundo amor a Dios y a los hombres con el que había vivido siempre.
Jesús sabia bien quién era Él, sabía bien que había llegado hasta allí cumpliendo con la voluntad de su Padre y sabía lo que iba a conseguir cuando todo aquello terminase: iba a conseguir salvar a toda la humanidad, a la que iba a dar la oportunidad de ser una con Él y con el Padre. Frente a semejante logro, poco podía importarle que lo colgasen de aquel madero con ropa o sin ella.
Muchos de nosotros, sin embargo, aún poco avanzados en la caridad, no terminamos de entender que es el amor con el que vivimos lo que nos da la dignidad. Y necesitamos de nuestras vestiduras -apariencia, posesiones o prestigio- para sentirnos seguros.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
Evangelio Mateo 27, 33 – 36
Decimoprimera estación. Jesús es clavado en la Cruz
La crucifixión era el castigo más cruel del Imperio Romano. Un castigo que dicho Imperio tenía reservado para los criminales.
Ese fue el castigo que dieron a Jesús, a quien crucificaron entre dos malhechores. Y Él, sin una queja ni un reproche, se dejó hacer, dispuesto como estaba a dar la vida por todos nosotros.
No había en el corazón del Maestro ni rastro de rencor, de rabia, de odio o de deseo de venganza. En su corazón seguía rebosando el amor y, pese a aquellas horrorosas circunstancias en las que se encontraba, pidió al Padre el perdón para quienes lo habían llevado a aquella situación tan terrible como inmerecida.
A Dimas, uno de los malechores con los que fue crucificado, Jesus le iba a hacer el mejor de los regalos: nada más y nada menos que la promesa de estar con Él en el Paraíso.
Y, cómo no, también desde la Cruz iba a ocuparse de encomendar a Juan que cuidara de su madre y a su madre que cuidara de Juan y del resto de los apóstoles, que bien sabía Él que iban a necesitar de un pilar en el que apoyar su Fe.
Una impresionante lección de generosidad para nosotros, que tantas veces nos miramos tanto a nosotros mismos y a los problemas con los que convivimos, que nos olvidamos de que sigue habiendo personas a nuestro alrededor de las que debemos cuidar a pesar de nuestras cruces.
Y cuando llegaron al lugar llamado «La Calavera», lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda. Jesús decía: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Hicieron lotes con sus ropas y los echaron a suerte. Evangelio Lucas 23, 33 – 34
La imagen es de JESUS_is_our_only_HOPE en pixabay
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