Vivimos inmersos en la cultura de la inmediatez. Posiblemente porque nos hemos acostumbrado a conseguir muchas cosas a golpe de un click: a golpe de un click podemos pedir que nos traigan una pizza a casa si tenemos hambre, podemos comprar casi cualquier cosa, podemos ver la película que queramos en el momento en el que nos apetezca, podemos ir al médico si estamos enfermos, podemos tener reuniones de trabajo o podemos charlar con los amigos.

Nuestro mundo ha cambiado mucho en tan solo unos años. Quienes ya tenemos cierta edad nos educamos en un mundo en el que habitualmente había que esperar, pero los más jóvenes -nativos digitales- es esto lo único que han vivido, y, de alguna manera, pretenden extrapolar esta inmediatez a todo. Y se desesperan cuando no consiguen rápidamente lo que quieren.

Pero saber esperar es algo bueno. Bueno no, buenísimo. Conviene aprender a hacerlo.

Aprender a esperar ayuda a templar esa tendencia a la impaciencia que nos acompaña a tantos de nosotros, que seguro también viene acrecentada por el estrés, la tensión y la prisa con los que vemos obligados a convivir casi a diario. Y conviene vivir de forma serena, con paz y con una actitud abierta a la escucha y a ver más allá.

Aprender a esperar ayuda a fortalecer la Esperanza; ese estado que nos lleva a confiar en que nuestra causa –sea la que sea– se va a terminar resolviendo de manera favorable. la Esperanza suele ir acompañada de una mirada optimista y de una suerte de emoción que nos recorre por dentro adelantándonos un final feliz. 

La Esperanza se sostiene en la Fe. Y la Fe que crece con la Esperanza. Aprender a esperar ayuda a fortalecer la Fe en ese Dios que es, sobre todo, Padre. Ese Dios que tiene unos tiempos y unas respuestas que con frecuencia nos desconciertan. Porque son muchas las veces que tarda en dar o no da. En otras ocasiones nos da a plazos. También hay veces en las que nos regala algo que ni en el mejor de nuestros sueños pudimos imaginar.

Sea como fuere, lo mejor que podemos hacer es vivir confiados. Como niños. Sin miedo. Aún cuando no entendemos. Nunca quedaremos defraudados.

Aprendamos de ese Dios que tan bien sabe esperarnos sin desesperarse, consciente de las limitaciones que nos acompañan. Él nos regala sus cuidados cada día. Nos ayuda a levantarnos siempre que caemos. Nos perdona todas las veces que hace falta. Nos disculpa con paciencia. Nos poda cuando nos hace falta. Nos quiere sin límite. Y seguirá esperando ahí hasta el final de nuestros días, deseando vernos avanzar -aunque sea a trompicones- en el camino del amor.

Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Y le trajeron un ciego pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?». Levantando los ojos dijo: «Veo hombres; me parecen árboles, pero andan». Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró: estaba curado y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a casa, diciéndole que no entrase en la aldea.

Evangelio Marcos 8, 22 – 26

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