Nuestras palabras nos retratan. Porque, más allá de lo que dicen, siempre reflejan lo que somos, reflejan nuestro talante y reflejan también lo que llevamos en el corazón.
Y así, podemos usar nuestras palabras para charlar, para aconsejar, para cuidar, para consolar, para explicar, para defender, para hacer críticas constructivas, para perdonar, para disculpar o para rezar.
De la misma manera que podemos usar nuestras palabras para quejarnos, para malmeter , para criticar o para enredar.
Cuando hacemos mal uso de las palabras no solemos darle demasiada importancia. Posiblemente porque nos parece una falta pequeña. Además, es algo que está tan generalizado que lo hemos normalizado. Pero lo cierto es que no está bien. Nos hace daño a nosotros mismos, porque nos hace peores personas. Hace daño, por supuesto, a quienes ofendemos. Y hace daño a quienes nos rodean, que de alguna manera se ven invitados por nosotros a continuar con nuestra crítica o nuestra burla.
Cuando se hace un mal uso de las palabras, además se contribuye a generar un ambiente tóxico, en el que parece que todo vale, que resulta dañino para cualquer persona que se aproxime a él.
Las palabras son una herramienta muy, muy poderosa, con la que tenemos una gran capacidad de influir en nuestro entorno.
Además, las palabras comprometen y nos obligan a cumplir con lo dicho. Porque quien nos escucha, espera de nosotros aquello a lo que nos hemos comprometido. No valen excusas, no valen cambios de opinión, no vale echar balones fuera cuando llega el momento de cumplir y no nos apetece demasiado o no nos resulta conveniente.
En la sociedad en la que vivimos es habitual ver incoherencias entre lo que se dice y lo que se hace, es habitual escuchar medias verdades y es habitual escuchar en una persona discursos que cambian para adaptarse a lo que quieren oir quienes le atienden.
Quienes queremos seguir a Jesús y a su Evangelio estamos llamados a cuidar mucho nuestras palabras, estamos llamados a cumplir con la palabra dada y estamos llamados a llevar una vida coherente con la Fe que decimos profesar. Porque solamente así nos mantendremos en ese camino del amor que estamos llamados a recorrer. Y solo así haremos que ese camino pueda ser también atractivo para las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.
En muchas ocasiones, lo que resulta más conveniente es responder con silencios. Hay veces que conviene callar para no herir más a quien ya está sufriendo. Otras veces conviene callar hasta encontar un momento más oportuno para decir las cosas. En otras ocasiones conviene callar porque hablar sería echar margaritas a los cerdos. Y en otras convendrá callar porque no tengamos nada valioso que aportar.
Saber cuándo conviene callar es también un don, como lo es el don de la palabra.
Dios también nos responde a veces con silencios. Son silencios que casi siempre nos cuesta encajar, muy especialmente cuando acudimos a él en busca de ayuda o consuelo y nos encontramos la callada por respuesta. Y no nos damos cuenta de que Dios siempre, siempre, siempre nos escucha. Y que cuando no nos responde o no nos da, también nos está dando.
La imagen es de pixabay en pexels
Estoy completamente de acuerdo
Divinas PALABRAS. Gracias Marta