La cultura del esfuerzo no está de moda. Y, al menos en las sociedades más desarrolladas, lo cierto es que buena parte de nosotros buscamos eso a lo que llamamos vivir bien: rodeados de comodidades, permitiéndonos cuantos más caprichos mejor e intentando que sean otros los que tiren del carro y saquen el mundo adelante, mientras nosotros nos mantenemos de perfil.
Y así, sin pena ni gloria, nos van pasando los días, los meses e incluso los años.
Pero desde el Cielo nos invitan a esforzarnos. Nos invitan a aprovechar la vida. Nos invitan, de hecho, a vivir estando siempre preparados. Nos invitan a vivir desde el compromiso activo con las personas que nos rodean, con el mundo, con el planeta y con el Evangelio. Nos invitan a vivir desde un profundo amor a Dios a las personas, lo que necesariamente ha de traducirse en servicio.
«El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos»
Mateo 20, 26 – 28
No valen las medias tintas ni un discreto bien pasar. Estamos llamado a poner nuestros cinco panes y dos peces. Estamos llamados a darlo todo: no estamos llamados a dar, sino a darnos.
El estilo de vida que nos proponen desde el Cielo supone una renuncia y supone también, cómo no, un esfuerzo. Al menos hasta que esa forma de mirar y de vivir llega a convertirse en hábito. Cuando la disposición al servicio pasa a ser un hábito, la sensación de esfuerzo disminuye hasta llegar a desaparecer. Porque el trabajo se hace con gusto y porque, además, hace que todo tenga sentido.
Mientras vayamos a avanzando en ese camino, que no es otro que el camino del amor, todos seremos tentados. Y así, el mundo tratará de seducirnos con sus espejismos y también habrá quienes nos señalen el camino hacia otras puertas más anchas que aparentemente llevan al mismo sitio.
Pero no hay que dejarse llevar: sólo el amor conduce a esa puerta estrecha que nos señalan desde el Cielo. Y el camino que tenemos que recorrer no tiene atajos.
A nosotros nos toca echarnos la mochila a la espalda y mantenernos ahí, en ese camino, levantando cada día la persiana por la mañana dispuestos a estenar, con ilusión, la oportunidad que Dios nos pone por delante.
Y pasaba por ciudades y aldeas enseñando y se encaminaba hacia Jerusalén. Uno le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?». Él les dijo: «Esforzaos en entrar por la puerta estrecha, pues os digo que muchos intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: “Señor, ábrenos”; pero él os dirá: “No sé quiénes sois”. Entonces comenzaréis a decir: “Hemos comido y bebido contigo, y tú has enseñado en nuestras plazas”. Pero él os dirá: “No sé de dónde sois. Alejaos de mí todos los que obráis la iniquidad”. Allí será el llanto y el rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán, a Isaac y a Jacob y a todos los profetas en el reino de Dios, pero vosotros os veáis arrojados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios.
Lucas 13, 22 – 29
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