El próximo domingo celebraremos nada más y nada menos que la Pascua de Resurrección. Con ella terminaremos nuestra Semana Santa y daremos comienzo a los 50 días de un Tiempo pascual que finalizará en Pentecostés.
Jesús pasó toda su vida dedicada a cumplir con el plan que Dios tenía preparado para él. Después de 30 años de vida sencilla en Nazaret vivió tres años de vida pública que pasó predicando, sanando enfermos, curando endemoniados, enseñando con su vida la doctrina del amor que había venido a traernos y formando muy especialmente a aquellos doce a los que había escogido como apóstoles. Una vida generosa dedicada a los demás, que culminó con una aclamación popular a su entrada en Jerusalén, seguida de una pasión en la que fue falsamente acusado, fue insultado, fue golpeado, fue torturado, fue objeto de burlas y fue clavado entre dos malechores en una cruz, abandonado por buena parte de los suyos.
Si la cosa hubiera terminado así, lo cierto es que su vida habría terminado en un rotundísimo fracaso.
Pero, afortunadamente, no terminó así. El Maestro resucitó al tercer día y, con su resurección, todo cobró su verdadero sentido.
Con la resurrección de Jesús su vida cobró todo su sentido porque, con este final feliz, se dió cumplimiento al Plan de Dios que había ido siendo anunciado a través de las Escrituras. Y Jesús quedó vinculado para siempre a los hombres. Y nosotros, a través de Jesús, quedamos también unidos para siempre a Dios Padre.
Con la resurrección de Jesús cobró también sentido la vida de los apóstoles. No se habían equivocado. Habían dejado todo tiempo atrás para seguir a la persona correcta: al Mesías. Ellos, que habían sido especialmente formados por su Maestro, recibirían muy pronto el Espíritu Santo y, a la cabeza de esa Iglesia que estaba naciendo, saldrían enseguida a llevar el cristianismo por el mundo entero.
Con la resurrección de Jesús cobra sentido nuestra propia vida. Porque la resurrección de Jesús hizo evidente que nuestro paso por este mundo es temporal y que nuestro tiempo en la tierra es una parte muy pequeña, casi residual, de nuestra vida, que será eterna.
Muchas veces perdemos la perspectiva del largo plazo y actuamos y tomamos decisiones con las luces cortas puestas. Pero lo cierto es que solamente con las luces largas encendidas se puede entender que todo tendrá sentido. Y que tanto dolor o tantas injusticias como vemos aquí en la tierra, quedarán compensadas con creces.
Nuestra vida en la tierra es necesaria para que, en nuestra libertad, escojamos decir que sí a Dios. Un sí que nos conduce necesariamente a vivir una vida orientada a los demás, un sí que nos invita a que vivamos nuestra vida desde el amor, también en esas pequeñas grandes cosas de la vida cotidiana.
No debemos olvidar que, durante nuestro paso por este querido mundo nuestro que anda tan estropeado, estamos llamados a la santidad. Sí, a la santidad. Por grande que nos parezca. Por inalcanzable que nos parezca. Estamos llamados a ser esos santos de la puerta de al lado que tan bien describe el papa Francisco. Se puede. Pero hay que querer. Y hay que ponerse en camino.
¿Por qué no empezar a saborear el Cielo ya en nuestro paso por este mundo?
El primer día de la semana va María Magdalena de madrugada al sepulcro cuando todavía estaba oscuro, y ve la piedra quitada del sepulcro. Echa a correr y llega donde Simón Pedro y donde el otro discípulo a quien Jesús quería y les dice: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo, y se encaminaron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió por delante más rápido que Pedro, y llegó primero al sepulcro. Se inclinó y vio las vendas en el suelo; pero no entró. Llega también Simón Pedro siguiéndole, entra en el sepulcro y ve las vendas en el suelo, y el sudario que cubrió su cabeza, no junto a las vendas, sino plegado en un lugar aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado el primero al sepulcro; vio y creyó, pues hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos.
Juan 20, 1 – 9
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Gracias Marta por tu dedicación y perseverancia en el Evangelio, especialmente hoy, Jueves Santo, Día del Amor Fraterno.
Cristo Vive !! Feliz Domingo de Resurrección Marta !!! 🙏🏻