En ocasiones nos referimos a la institución de la familia con el término iglesia doméstica. Y, en mi opinión, es un término muy adecuado. Porque lo cierto es que la familia es una iglesia pequeñita, una iglesia de andar por casa, el entorno en el que aprendemos lo que es el amor incondicional y nuestro hogar; un hogar llamado a dar calor también a otras personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida.

La familia es el espacio más nuestro, el que más condiciona lo que somos, nuestros valores y la forma en la que miramos el mundo. Habitualmente es también nuestro refugio, el lugar en el que nos sentimos más seguros, por muchas tempestades que pueda haber alrededor.

Es la familia también, sin duda, el pilar en el que se sustenta nuestra sociedad. Ha jugado un papel clave en la historia de la humanidad y siempre lo jugará.

La mayor parte de nosotros nos criamos en el seno de una familia que nos cuida y es en ese contexto en el que aprendemos, a través de la convivencia, lo que es el amor: en el seno de nuestras familias aprendemos a compartir, aprendemos a pedir perdón, aprendemos a perdonar, aprendemos a cuidar los unos de los otros, aprendemos a ser generosos y aprendemos a sacrificarnos para que los otros estén bien.

Y, como esto viene ocurriendo desde el principio de los tiempos, gracias a la institución de la familia se ha ido transmitiendo lo que es el amor incondicional de generación en generación.

Las familias no estamos libres de problemas y también atravesamos circunstancias difíciles. En ocasiones hay problemas de convivencia o problemas económicos. Y la familia como tal también sufre siempre que alguno de sus miembros atraviesa un mal momento.

Por otro lado, las familias no somos perfectas porque estamos compuestas por personas estamos lejos de ser perfectas. Todos tenemos miserias en el corazón y tenemos que aprender a convivir con ellas. Con las propias y con las de las personas con las que convivimos. Lo importante, creo yo, es que sepamos aceptarnos tal y como somos, con nuestras virtudes y también con nuestros defectos. Y que a pesar de nuestros defectos nos aceptemos, nos queramos, nos cuidemos y nos ayudemos unos a otros a ir avanzando hacia nuestra mejor versión.

En el marco de la familia se crean lazos muy poderosos. Aunque esa fortaleza no la da el hecho de compartir la misma la sangre, sino que la da el amor; por eso podemos sentir como familia también a personas a las que no nos une una misma sangre. Lo que pasa es que, entre los miembros de una familia, se dan con frecuencia las dos circunstancias.

Esos lazos que nos unen suelen ser tan fuertes, que habitualmente es la familia la mejor red con la que contamos para vivir nuestros días aquí en la tierra: la más segura, la más sólida, la más resiliente.

Y por eso, cuando convino que Jesús viniera a este mundo a regalarnos su doctrina, lo que Dios Padre escogió para Él fue una madre y un padre. Y así, el mismísimo Hijo de Dios se crió en el seno de una familia, como la mayoría de nosotros. Y en ella fue creciendo «en estatura, fortaleza y sabiduría». Y así vivió nada menos que 30 años.

Nuestras familias están llamadas a ser reflejo de la Iglesia. Una Iglesia que, ciertamente, tiene sus luces y sus sombras, puesto que está conformada por personas que estamos lejos de ser perfectas. Pero una Iglesia que sin duda es transmisora del Amor y es lugar de acogida y lugar de encuentro para todos.

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