El hombre miró; estaba curado, y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a casa diciéndole: «No se lo digas a nadie en el pueblo.»

Evangelio del día 16 de febrero de 2022 – Marcos 8, 22 – 26

En aquel tiempo, Jesús y los discípulos llegaron a Betsaida. Le trajeron un ciego pidiéndole que lo tocase. Él lo sacó de la aldea, llevándolo de la mano, le untó saliva en los ojos, le impuso las manos y le preguntó: «¿Ves algo?» Empezó a distinguir y dijo: «Veo hombres, me parecen árboles, pero andan.» Le puso otra vez las manos en los ojos; el hombre miró; estaba curado, y veía todo con claridad. Jesús lo mandó a casa diciéndole: «No se lo digas a nadie en el pueblo.»

La imagen es de pexels en pixabay

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El valor de la cercanía

A Jesús siempre le acompañó la cercanía, ese don que hace sentirse al otro en un plano de igualdad por mucho que haya pecado, por mucho que haya sido perdonado, o por mucho que haya sido ayudado. Porque su recompensa nunca fue el reconocimiento: era tanto lo que quería a los demás y tanto lo que nos quiere a nosotros que su recompensa es vernos remediados, vernos atendidos, vernos curados o vernos perdonados.

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