Hijo de Dios en construcción

Las personas estamos en una continua evolución. Estamos – dicho de una manera un poco de andar por casa – «en construcción». Y cada paso que vamos dando y cada decisión que vamos tomando contribuye a configurar, casi sin que nos demos cuenta, la persona en la que nos vamos convirtiendo.

Por eso es importante que tengamos claro dónde querríamos llegar y qué clase de persona es la que nos gustaría llegar a ser. Y que hacia ese objetivo orientemos nuestro caminar.

El objetivo de todos los que, de corazón, aspiramos a ser cristianos debería ser compartido: llegar a ser hijos de Dios.

El Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo. En el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de él, y el mundo no lo conoció. Vino a su casa, y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron, les dio poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de deseo de carne, ni de deseo de varón, sino que han nacido de Dios.

Evangelio Juan 1, 9 – 13

Describe este pasaje del prólogo de San Juan cómo Jesús vino al mundo a invitarnos a vivir desde el amor. El amor a Dios y el amor a los hombres. Pues en algo tan sencillo y tan hondo a la vez puede resumirse toda su doctrina.

Y muchos no quisieron recibirlo. Como son muchos los que tampoco quieren recibirlo en nuestros días: porque recibir a Jesús es recibir su doctrina y recibir su doctrina implica, necesariamente, convertirla en vida. No basta con «apuntarse» al cristianismo y con ir a misa. Desde luego que no. Si no hacemos de su doctrina nuestra vida y no vivimos hacia los demás, nunca seremos «de los Suyos»:


En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os amáis unos a otros

Evangelio Juan 13, 35

Se nos invita a ser como niños y a nacer de nuevo. Nacer de nuevo no de la carne, sino del Espíritu: un Espíritu que irá guiando nuestros pasos, que nos hará comportarnos más al estilo de Dios y que nos irá haciendo, por tanto, cada vez más semejantes a Él. Eso es ser hijo de Dios. Y a e eso es a lo que los que queremos ser cristianos deberíamos aspirar.

La meta es elevada y en muchas ocasiones nos parecerá inalcanzable, demasiado lejos de una realidad – la nuestra – demasiado cargada de debilidades y defectos. Pero si desde el Cielo nos la proponen es porque es posible.

Eso sí, para poder llegar tenemos que tener una firme disposición de querer alcanzarla, tenemos que conocer el camino y tenemos que poner rumbo hacia ella, sin perderla de vista.

Y mientras dura nuestro caminar estaremos como muchos nos vemos a nosotros mismos cuando nos miramos al espejo: «en construcción».

Debemos ser muy conscientes de que:

Nuestro caminar será una larga carrera de fondo. En la que más vale empezar por lo que nos resulte más accesible y más sencillo, e ir avanzando escalones en el camino del amor a medida que vamos sintiendo que estamos preparados. Sin prisa. Pero sin pausa.

Escoger un camino siempre implica renunciar a otros. Y habrá obstáculos que nos impidan avanzar hacia ese «convertirnos en hijos de Dios» de los que nos tendremos que desprender; sean lo que sean: trabajos excesivamente absorbentes que no dejan tiempo para los demás, malos hábitos, defectos que tenemos demasiado arraigados, personas dañinas que nos arrastran hacia lo que no queremos ser o ese sinfín de actividades en las que nos vemos inmersos que, sin ser malas, acaban robándonos el tiempo y distrayéndonos de aquello que de verdad importa y debería ser prioritario en nuestras vidas.

Sufriremos caídas, retrocesos, desánimos y tentaciones que nos invitarán a tirar la toalla y a querer dejarnos llevar por tantos espejismos como el mundo pone a nuestro alcance.

Dios siempre estará ahí, en la retaguardia, dispuesto a perdonarnos, a consolarnos, a mimarnos y a echarnos una mano: antes siquiera de que lo busquemos ya lo tendremos, con los brazos abiertos, a nuestro lado.

La imagen es de kalhh en pixabay

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