La tristeza es un sentimiento con el que todos nosotros nos vemos obligados a convivir. Se nos instala en el corazón cuando las cosas no salen como nos gustaría y casi siempre se presenta sin avisar.

A veces las cosas no nos salen como quisiéramos porque nos hemos marcado metas que no son realistas o que, sencillamente, no están a nuestro alcance.

En otras ocasiones, esas metas sí están a nuestro alcance, pero no estamos dispuestos a esforzarnos o a renunciar a lo que hace falta para poder para conseguirlas.

Como ocurrió en el caso de aquel joven rico al que Jesús invitó a seguirle. Tenía muchas cosas, pero no estaba dispuesto a desprenderse de ellas. Eligió quedarse con las riquezas de la tierra en lugar de apostar por las riquezas del Cielo. Y se marchó triste.

También hay veces en las que la tristeza aparece porque nos comparamos con los demás. Miramos alrededor y nos parece que a otros la vida les sonríe más, que tienen más suerte, que les salen mejor las cosas.

Y olvidamos que normalmente enseñamos a los demás la parte bonita de nuestra vida. Compartimos los éxitos, los viajes, las alegrías y las buenas noticias, mientras que dejamos para nuestra intimidad todo aquello que nos cuesta. Pero todos atravesamos momentos difíciles.

Además, hay algo todavía más importante que deberíamos recordar: Dios tiene un plan distinto para cada uno de nosotros. Y para ese plan nos ha equipado con unas circunstancias, unos talentos y también unas limitaciones.

Siendo esto así, ¿qué sentido tiene compararnos con nadie?

Hay ocasiones en las que la tristeza no nace de una decisión equivocada ni de una comparación. Llega como consecuencia de problemas, agobios, incertidumbres, miedos, injusticias o fracasos que simplemente nos desbordan y nos dejan fuera de juego. Y nos sentirnos decaídos, sin ganas de nada. Como si todas las cosas que sí nos van bien no pesaran lo suficiente como para compensar la balanza de nuestro estado de ánimo.

No podemos evitar las circunstancias dolorosas. Pero sí podemos decidir qué hacemos cuando la tristeza llama a nuestra puerta con intención de instalarse en nuestro corazón.

En mi opinión conviene no darle demasiado cuartelillo. No se trata de negar lo que sentimos ni de hacer como si no pasara nada. Se trata de no instalarnos en ese estado de ánimo.

Cuando llega la tristeza, conviene mirar Arriba y poner nuestras preocupaciones en manos de Dios. Pedirle el consuelo que nos falta. Pedirle fortaleza para afrontar aquello que no podemos cambiar y luz para descubrir aquello que sí está en nuestra mano cambiar.

Y después, seguir caminando.

Porque la tristeza puede acompañarnos durante un tramo del camino, pero no tiene por qué instalarse en nuestra vida ni decidir hacia dónde vamos.

Podemos elegir la esperanza como actitud vital.

En aquel tiempo, un joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para conseguir vida eterna?». Él le dijo: «¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno solo es el Bueno. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». «¿Cuáles?» —le dice él—. Y Jesús dijo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo». Dícele el joven: «Todo eso lo he guardado; ¿qué más me falta?». Jesús le dijo: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme». Al oír estas palabras, el joven se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes. Evangelio Mateo 19, 16 – 22

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.