La mayoría de nosotros vivimos rodeados de demasiado ruido. Ruido en las calles, en las pantallas, en las conversaciones. Y también dentro de nosotros: pensamientos que no paran, preocupaciones que se repiten, listas interminables de cosas por hacer.

Demasiado ruido al que sin duda contribuye hiperconexión en la que estamos inmersos, que nos lleva a tener estímulos simultáneos desde distintos frentes constantemente y que nos conduce a tener la atención dividida entre distintos asuntos y distintos dispositivos, sin capacidad para prestar atención plena a ninguno de ellos.

Demasiado ruido al que también contribuye el estilo de vida que se ha impuesto entre nosotros: con agendas imposibles en las que se suceden un sinfín de tareas que tenemos que realizar en menos tiempo del que requerirían y que nos llevan a vivir acelerados. Y lo cierto es que la sensación de prisa no es buena compañera de camino, porque en cierto modo anula nuestra capacidad de apreciar los matices, nuestra capacidad de valorar lo pequeño y nuestra capacidad de escucha.

Y lo cierto es que estamos ya tan acostumbrados a vivir así, que nos parece que si nos quedamos en silencio algo falla. O, aún peor, nos puede incluso llegar a parecer que el silencio es una especie de vacío o una pérdida de tiempo.

Pero lo cierto es que el silencio es necesario. Mucho.

El mismo Jesús, aún en esos años de vida pública en los que estaba siempre rodeado de gentes que acudían a Él en busca de la sanacion del cuerpo o del alma, sabía buscar y encontrar espacios de de silencio para encontrarse a solas con Dios. En esos espacios de intimidad dejaba que su Padre guiara sus pasos.

“Se retiraba a un lugar solitario y allí oraba” (Lc 5,16)

Mientras que en el ruido solamente se escucha lo inmediato, en el silencio se abre paso lo profundo. El silencio nos permite escuchar de verdad

El silencio no es algo incómodo. Más bien es todo lo contrario: nos permite escuchar lo que de verdad llevamos en el corazón, nos permite reflexionar, nos permite hacer balance y nos permite reconectar con nuestros para qués.

El silencio deja también espacio a Dios. Ese Dios que es, sobre todo Padre, y que quiere también que le demos la oportunidad de disfrutar mano a mano de nuestra compañía.

Los espacios de silencio son espacios en los que podemos cargar las pilas para poder, después, salir ahí afuera a vivir en este querido mundo nuestro que cada día parece que gira más deprisa bien afianzados en nuestros pilares.

Es necesario buscar esos espacios en nuestro día a día y defenderlos como si de un fuerte se tratara. Defenderos de auriculares, de móviles y de tantas interrupciones incómodas con las que nos hemos acostumbrado a convivir.

En una sociedad que nos conduce a querer opinar de todo y a ser generadores de ruido, el silencio es una opción que podemos escoger.

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