
Muchos cristianos nos movemos por la vida de una manera racional. De forma racional buscamos ir alcanzando nuestros objetivos, de forma racional tratamos de organizar nuestro tiempo, de forma racional medimos nuestras fuerzas y de forma racional juzgamos lo que vemos y actuamos. Y está muy bien, cómo no. Pero es necesario que también miremos con los ojos del corazón y que aprendamos a ver más allá de lo que es evidente.
Como siempre hizo Jesús. Como en tantas ocasiones vemos en el Evangelio:
Los magos se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Evangelio Mateo 2, 9 – 11
Esos tres magos supieron lo que tenían que hacer, por insensato que pudiera parecer, y se dejaron guiar por los ojos del corazón. Y porque les guiaban los ojos del corazón fueron capaces de creerse que una estrella les indicaba el camino a seguir. Y porque les guiaban los ojos del corazón fueron capaces de reconocer en aquel bebé recién nacido envuelto en pañales al mismísimo Dios. Y porque les guiaban los ojos del corazón cayeron de rodillas ante el Niño y lo adoraron.
Nosotros también podemos ir por la vida viendo más allá de lo que ven nuestros ojos:
Con los ojos del corazón podemos ver lo mucho de sobrenatural que hay en lo ordinario. ¡Cuántas veces es la mano de Dios la que está en esos pequeños grandes acontecimientos de nuestra vida cotidiana!, ¡cuántas veces es la mano de Dios la que está tras las casualidades o tras esos problemas que de repente parece como que se resolvieran por arte de magia! Dios es, sobre todo, Padre. Y, como a nosotros con nuestros hijos, le gusta estar ahí, cuidándonos, desde la retaguardia.
Con los ojos del corazón podemos ver a las personas más allá de su ropa, de su educación o de su apariencia. Sabemos bien que lo esencial es invisible a los ojos y que lo importante de las personas no está en el exterior, pero lo cierto es que seguimos teniendo demasiada facilidad para valorarlas, a simple vista, por lo que parecen.
Con los ojos del corazón es con los que debemos enfrentarnos, también, a los agobios de la vida y a tantas dificultades como se nos van presentando. Aprendiendo a entender que desde el Cielo, cuanto menos, los están permitiendo. Y creyendo también que Dios saca bienes hasta de aquello que a nuestros ojos puede ser un túnel sin salida. ¿Cuándo de verdad nos creeremos que Dios es infinito, que todo lo puede y que nos quiere más de lo que podamos siquiera imaginar?
Es desde el corazón desde donde podemos sentir el impulso del Espíritu. Ese Espíritu que, si queremos, puede guiar nuestros pasos para que vayamos por la vida haciendo equipo con Dios.
La imagen es de MabelAmber en pixabay
¿Razón o corazón? He aquí el gran drama de Medea: «Mientras tanto Medea, agarrada con fuerza a sus deseos, lucha con la razón para apagar ese fuego rabioso; ¡Pero lucha en vano! No sé qué Dios se opone, dice ella, y los consejos desconcertados de la razón revoca».
Muy bien traída la decisión de Los Reyes Magos a esta pugna de las partes del alma de la que ya nos hablaba Platón.
Me encanto! Me gustaría leerlo en físico