Cada año, cuando se acerca el día de los Reyes Magos, recordamos a aquellos Sabios de Oriente, aquella sorprendente estrella, aquel largo y arriesgado viaje, la llegada a Belén, la adoración y los singulares presentes con los que obsequiaron al Niño.
Pero ¿cómo empezó todo? ¿Aquellos Magos se pusieron en camino porque vieron la estrella o vieron la estrella porque ya estaban en camino?
El Evangelio es claro: cuenta que los Magos vieron la estrella y se pusieron en camino. Y no detalla nada sobre cuánto tiempo llevaban buscando, qué inquietudes arrastraban, ni qué conversaciones precedieron a esa decisión.
Pero ¿cómo es posible que nadie viera aquel signo tan imponente en el cielo? Jerusalén estaba llena de gente, de expertos en la Escritura, de sacerdotes y escribas… y ninguno parecía haberlo visto. Herodes tampoco lo vio. Solo lo vieran aquellos extranjeros, dispuestos a salir de su entorno más seguro.
Quizás la estrella no fue tanto un fenómeno espectacular en el cielo como una señal que percibieron quienes ya estaban en estado de búsqueda.
Quizás nosotros no tengamos que esperar a ver algo extraordinario para empezar a caminar, sino que debamos ponernos en camino para que, en el trayecto, se nos regale la luz que andamos buscando.
En nuestra vida cotidiana, muchos de nosotros esperamos hasta tenerlo todo claro antes de dar un paso. Queremos certezas antes de comprometernos, señales antes de arriesgar, pruebas antes de confiar. “Cuando lo vea claro, entonces decidiré”. “Cuando Dios me dé una señal, entonces cambiaré”. “Cuando tenga seguridad, entonces daré el paso”. Y así, nos pasan los días, nos pasan los meses e incluso nos pasan los años en un estado de cierta parálisis.
Aquellos Sabios, sin embargo, supieron aceptar la incertidumbre y los riesgos. Porque una estrella no es un GPS, no ofrece garantías, no asegura el éxito del viaje y no elimina ni las inseguridades ni los peligros. Pero aún así, ellos se pusieron en camino.
Entre nosotros hay personas que dicen no creer porque no ven.
Afortunadamente, también hay otras que, sin grandes evidencias, creen, porque se atreven a confiar un poco más allá de lo demostrable. Y, porque creen, ven.
No renuncian a la razón. Simplemente, son capaces de reconocer que hay verdades que sólo se revelan cuando uno se implica. No se puede aprender a amar sin amar, ni a perdonar sin perdonar, ni a confiar sin confiar. No se descubre si un camino merece la pena mirándolo desde lejos.
Desde el Cielo nos invitan recorrer con nuestra vida el camino del amor. Pongámonos en marcha, si no lo estamos ya, aunque sea con dudas, con preguntas y con una fe todavía frágil. Dios saldrá a nuestro encuentro, nos regalará la luz que tantas veces nos falta y podremos recorrerlo de su mano.
Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén, diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: ‘Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel’».
Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el Niño. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa; vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.
Evangelio Mateo 2, 1 – 12
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Muchas gracias Marta, eres «estrella» en el camino cada semana con este post que nos regalas. ¡Feliz Año Nuevo!