Después de dos semanas de espera y preparación, el próximo domingo será el domingo de Gaudete, el domingo de la alegría.

La tercera vela que encenderemos en la corona de Adviento nos recordará que la Navidad está ya muy cerca y que vale la pena adelantar esa alegría.

Alegría que nace de saber quién viene

El Adviento nos invita a mirar hacia adelante, hacia la llegada de Jesús. Y precisamente porque ya lo tenemos ahí cerquita, nuestra alegría tiene fundamento.

No se trata de un optimismo ingenuo, ni de una especie de obligación de estar contentos. Es vivir con la certeza de que Dios entra en nuestra historia y en nuestras vidas. Algo que es tan grande y tiene unas consecuencias tan importantes que no puede sino dejarnos profundamente agradecidos.

Alegría profunda

Estamos llamados a sentir una alegría honda, a pesar de las muchas dificultades y los muchos problemas con los que nos vemos obligados a convivir la mayoría de nosotros. La alegría de los cristianos no llega por la ausencia de dificultades y problemas sino por saber que Dios camina con nosotros en medio de ellos.

Vivimos rodeados de mensajes que nos venden alegría en envases de usar y tirar: compras, entretenimiento, comidas, viajes y distracciones sin fin. Son experiencias que sin duda pueden traducirse en alegrías puntuales. Pero, desde luego, nada tienen que ver con la alegría profunda que se nos propone desde el Cielo, que no está compuesta de momentos más o menos placenteros sino que se trata, más bien, de un estado del alma.

Con ese estado del alma se mira al mundo de la manera diferente. Porque reordena nuestras prioridades y recoloca la vida. Y se nos cuela hasta en los gestos cotidianos y en las pequeñas grandes acciones de las que se compone nuestro día a día.

Alegría compartida

Cuando nos sentimos llenos de una alegría tan profunda, sentimos la necesidad de compartirla y el deseo de que otros también sientan eso que nosotros sentimos.

Desde el mundo se nos invita a no meternos demasiado en el terreno personal y en la vida espiritual de quienes nos rodean. Lo cierto es que se nos invita a desentendernos de ellos, parapetados tras un respeto mal entendido.

Desde el Cielo, sin embargo, nos llaman a ocuparnos de los demás y a sentirnos corresponsables de su suerte y de su vida. También de su vida espiritual. Porque el mejor regalo que podemos hacer a cualquier persona es acercarla al Cielo.

Y es un privilegio sentirnos unidos a otras personas cuando lo que nos une son los lazos de un Espíritu compartido.

Dejemos que la alegría que ya adelantamos haga su trabajo: ensancharnos el corazón para recibir a ese Niño que ya está a punto de venir.

1 comentario

  1. ALEGRÍA es también recibir cada semana este comentario tan lleno de LUZ . Gracias por tanto bien. Que Dios te siga iluminando y bendiciendo.

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