Muchos de nosotros conocemos el mensaje que nos trajo Jesús y tenemos la firme disposición de querer hacerlo vida. A pesar de las muchas dificultades que tenemos para hacerlo:

Porque los valores que guían la sociedad en la que vivimos no son compatibles con los valores con los que nos proponen vivir desde el Cielo. Porque nos sentimos débiles y tenemos un corazón con muchas miserias que nos cuesta superar. Porque, con demasiada facilitad, caemos en tentación. Porque tenemos cierta tendencia a acomodarnos en esa zona de confort que nos lleva a vivir de manera tibia y a conformarnos con no hacer mal a nadie. O porque nos falta esa Fe que se traduce en valentía para tomar decisiones relevantes, que nos deberían llevar cambiar de actitud de una manera radical.

Pero ahí estamos, avanzando en el camino del amor, aunque sea despacio. Y a medida que avanzamos nos vamos sintiendo más de Dios, más hijos, más acompañados por ese Espíritu al que tantas veces no sabemos ver. Para movernos por el mundo contamos como herramienta con esa regla de oro que nos dejó Jesús, que nos sirve para discriminar qué decisiones conviene ir tomando en la vida:

«Todo lo que queráis que haga la gente con vosotros, hacedlo vosotros con ella; pues esta es la Ley y los Profetas«

Evangelio Mateo 7, 12

Querer vivir desde el Evangelio y hacerlo, aunque sea un poco a trancas y barrancas, cambia la vida y cambia la mirada. Las cambia de manera radical y las cambia para siempre.

Pero ésto es algo sobre la que a muchos de nosotros nos cuesta hablar con otros: porque se ha impuesto en nuestra sociedad una consigna que nos hace sentir que no debemos entrar en el terreno más personal de la vida del otro, que es el terreno de lo espiritual.

Y, amparados por esa especie de consigna del respeto al otro, somos capaces de quedarnos contemplando desde la distancia cómo ese otro se equivoca en sus planeamientos vitales. ¿Se trata de respeto o más bien se trata de comodidad o cobardía?

No hacer nada o no decir nada, en mi opinión, es un tremendo error. Porque todos somos corresponsables de la vida espiritual de los otros. Y acercar una persona a Dios es el mejor regalo que nunca podremos darle.

Y como parte de la Iglesia que somos, el planteamiento, creo yo, debe ser el mismo. La Iglesia, aunque es bien cierto que hace una acción social maravillosa, no debemos confundirla con una gran ONG. Porque la principal misión de la Iglesia –esa Iglesia diversa, que conformamos todos los que nos tomamos en serio a Jesús y a su Evangelio- es la evangelización.

Vivimos tiempos difíciles, en los que el mundo está cambiando muy deprisa y en los que están evolucionando mucho las relaciones que mantenemos entre las personas. Vamos avanzando a paso firme a una vida cada vez más individualista en la que, poco a poco, nos vamos quedando aislados y vamos también permitiendo que la soledad se haga fuerte y sea nuestra compañera de viaje. Pero la vida sin el otro, siempre perderá su sentido.

Es tiempo de dar testimonio. Aunque nos cueste.

La imagen es de gonzalesroman en cathopic

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