La rutina es esa costumbre que nos lleva a hacer las cosas de una forma determinada, sin obligarnos ni a pensar ni a decidir: simplemente ponemos el piloto automático y las hacemos como las hemos hecho siempre, sin plantearnos nada más.

En nuestra vida son muchos los condicionantes que tenemos que, sin querer, y casi sin que nos demos cuenta, nos pueden llevar a tener un día a día bastante rutinario.

Muchos de nosotros nos levantamos todos los días, de lunes a viernes, a la misma hora, a golpe de despertador. Y todos los días, una vez levantados, desayunamos, nos aseamos, nos vestimos y nos ponemos en marcha con los estudios, el trabajo de la oficina, el trabajo de casa o las obligaciones que en cada caso tengamos. Tenemos horarios y actividades que nos vienen impuestos durante todo el día y lo cierto es que también mantenemos hábitos de vuelta a casa, con la vida doméstica o la vida de familia.

Sin embargo, a pesar de ese marco que, ciertamente, nos encorseta, los días no deberían ser rutinarios. ¿Por qué vivirlos con el piloto automático puesto, como si fuéramos hamsters dando vueltas en una jaula? Cada día es único e irrepetible, cada día puede y debe ser distinto, cada día puede y debe ser aprovechado como la oportunidad única que es para comprometernos con las personas que van pasando a nuestro lado en el camino de la vida y para comprometernos también con el Evangelio:

Es una cuestión de disposición personal, de actitud, de motivación. Si empezamos el día arrastrando los pies, con actitud cansina, probablemente el día que tengamos por delante será un día más, uno de tantos, gris, rutinario, sin sal. ¿Por qué conformarnos con eso? ¿Por qué desperdiciarlo?

Es una cuestión de mirada: ¿Por qué no ir atentos a lo que pasa a nuestro alrrededor, para valorar todas esas pequeñas grandes cosas que van pasando a nuestro lado y que merecen la pena? ¿Cómo es posible que tantas veces permitamos que nos pasen desapercibidas?

Es una cuestión de agradecimiento. De no dar nada por sentado. De valorar lo mucho que Dios ha puesto en nuestra vida. De dar su justo valor a las cosas buenas que tenemos y las personas a las que queremos, mientras las tengamos con nosotros.

Es una cuestión de ganas. De querer disfrutar. De querer vivir intensamente. De querer cambiar el mundo. De tener la disposición a dar mucho y también de recibir mucho.

Desde el Cielo nos invitan a que vivamos siempre preparados. Y eso requiere, necesariamente, de un aprovechamiento de la vida para lo que de verdad importa. A pesar de los muchos corsés con los que tenemos que convivir. Siempre tendremos margen para vivir la vida ordinaria con un corazón extraordinario. Siempre será posible vivir en el mundo pero fuera del mundo: con el estilo del Cielo.

No debemos dejar eso que de verdad importa para el fin de semana, para las vacaciones o para más adelante, cuando estemos algo más libres de obligaciones. Cada día, puede y debe ser especial desde hoy mismo. Aprovechemos el tiempo como el tesoro que es.

La imagen es de JESHOOTS-com en pixabay

2 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.