Evangelio del día Imagen Mayo 2019

Una persona humilde es aquella que es consciente de sus limitaciones y sus debilidades. Y que, también conocedora de sus cualidades y sus logros, no presume ni se vanagloria de ellos.

No es la humildad la principal aspiración que debemos de tener los cristianos. Nuestra principal aspiración ha de ser la de vivir, tal y como nos enseñó Jesús, desde un profundo amor a Dios y un profundo amor a los hombres.

Pero no es menos cierto que la humildad ayuda -y mucho- a vivir desde el amor:

Porque la persona humilde ni alardea de sus puntos fuertes, ni esconde los débiles. Resulta por ello una persona accesible, cercana, creíble, sincera y confiable. Lo que resulta incluso singular, en esta hipócrita sociedad en la que vivimos, en la que tanto nos esforzamos para proyectar una imagen idílica de nuestra vida desde la que se nos vea siempre triunfadores y felices, se ajuste o no a la nuestra realidad.

Porque la persona humilde ni tiene una actitud arrogante ni necesita de halagos para ponerse a trabajar. Para ella es fácil el vivir desde el servicio, esté donde esté: tanto en la vida como profesional como en la vida personal. Y, sin duda, el servicio es una de las señas de identidad del amor: no hay amor sin servicio.

Porque la persona humilde suele ser una persona generosa, que no tiene problema en reconocer y alabar las cualidades y los logros de los que le rodean incluso cuando superan los suyos y es capaz de poner el bien común por delante de sus propios intereses.

Porque a la persona humilde se le hace fácil reconocer sus cualidades y sus virtudes, no como méritos propios de los que sentirse orgullosa, sino como talentos que le han sido regalados desde el Cielo.

Porque la persona humilde, consciente de sus limitaciones y sus debilidades, es fácil que acuda como hijo a ese Dios que, sobre todo, es Padre, para pedirle ayuda, para pedirle consejo, para pedirle que le ayude a solucionar sus problemas y los de los demás, para darle las gracias por tanto, o para pedirle perdón.

Mucho nos advirtió Jesús acerca de esa tendencia tan nuestra de andar, competitivos, buscando siempre estar en los primeros puestos:

«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que os convidó a ti y al otro, y te diga: “Cédele el puesto a este”. Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto. Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga: “Amigo, sube más arriba”. Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales. Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».

Evangelio Lucas 14, 7 -11

Para Dios, como para nosotros, también hay un orden. Pero en el orden del Cielo las reglas son bien distintas de las que tenemos aquí en la tierra: para Dios el más grande es el que más ama y el que más ama es el que más sirve.

¡Qué distinto sería nuestro mundo si la virtud de la humildad y el espíritu de servicio estuvieran extendidos entre nosotros y, muy especialmente, entre nuestros gobernantes y entre las personas que tienen puestos de poder! Facilitarían enormemente el trabajo colaborativo y gozarían de un merecido respeto y de autoridad moral.

Nosotros, por nuestra parte, podemos hacer el ejercicio de mirar hacia adentro para tratar de valorar cómo vamos con esto de la humildad. Posiblemente encontraremos que tenemos área para la mejora y descubriremos por dónde seguir trabajando. Así es este caminar nuestro en el que, si queremos, mientras duren nuestros días aquí en la tierra, siempre podremos seguir avanzando en el camino del amor.

La imagen es de Free-Photos en pixabay

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