El misterio del dolor

El dolor forma parte de nuestra vida. A todos, antes o después, incluso a los más afortunados, se nos presentan etapas de esas que preferíamos no tener que vivir. Y nos vemos obligados a enfrentar situaciones -enfermedades, ingratitudes, desamores, desgracias, fracasos, desempleos o traiciones – que nos hacen sufrir. Llegan a nuestra vida sin buscarlas y las sobrellevamos de la mejor manera que podemos.

Hay quien frente al dolor se revuelve contra Dios. Y le reprocha que lo consienta. Y se atreve incluso a echarle en cara lo injusto de su situación.

Muchos de nosotros, frente a esas situaciones complicadas, nos remangamos y hacemos hasta lo imposible por combatirlas. Y ponemos nuestra confianza en nuestras capacidades, en nuestras fuerzas, en nuestros recursos o en nuestras influencias.

Otros, además de hacer lo que está en su mano para tratar de mejorar la situación, se vuelven a Dios. Y ley le piden ayuda, muy especialmente si sienten que la situación los supera. Y se dejan consolar. Y ponen la Fe en el Padre aunque no sean capaces de ver la salida al final del túnel. Pero confían en que Dios sabe más, porque es infinito, porque ve nuestras necesidades y también las de quienes nos rodean y porque sabe incluso mejor que nosotros mismos qué es lo que más nos conviene; no solo ahora, no, sino más adelante; mucho más allá de ese horizonte temporal que nosotros solemos tener en el radar.

Quienes así se comportan frente a los problemas, aunque éstos no se les solucionen como hubieran deseado, se encontrarán consolados y sentirán cómo en esa temporada de dolor han crecido espiritualmente más que en años de bienestar. Habrán multiplicado su Fe y se sentirán más hijos.

Así es como Dios, tantas veces saca bienes del dolor. Bienes valiosos para esta vida y, sobre todo, para la vida eterna.

A ese dolor que se presenta en nuestra vida en cualquiera de sus formas sin buscarlo, y que nos vemos obligados a enfrentar, Jesús lo llama cruz:

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará

Evangelio Lucas 9, 23, 24

No nos pide Dios que nos fabriquemos cruces ni tampoco que agrandemos tontamente las cruces que tenemos. Desde luego que no. Eso no tiene ningún sentido y no puede quererlo Dios. ¿Acaso a algún padre de aquí de la tierra le gusta ver sufrir a sus hijos porque sí? Lo mismo ha de sentir ese Dios nuestro que, sobre todo, es Padre y que nos quiere mucho más de lo que nosotros podemos querer a nuestros hijos. Cristo no se fabricó su cruz: se la impusieron, y a ella se encontró clavado contra su voluntad.

Pero tampoco quiere Dios que huyamos de las cruces que tantas veces se presentan en nuestra vida porque las requiere el bien del prójimo. El cristianismo es una religión de máximos que nos obliga a cuidar de los más vulnerables cueste lo que cueste. Incluso cuando nosotros salgamos mal parados

Esa invitación que nos hace Jesús a seguirlo a pesar de la cruz que cada uno podamos llevar, es una invitación a que no perdamos el tiempo y la energía compadeciéndonos a nosotros mismos y a que vivamos con la mirada puesta en los demás, anteponiendo sus problemas y sus necesidades a nuestros propios problemas y necesidades. Eso es «negarse a uno mismo» y en eso consiste ese «perder la vida por Su causa».

No hay más. Ni menos.

La imagen es de cogerdesign en pixabay

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