Salir de la mediocridad

Muchos de nosotros tenemos claro que queremos seguir a Jesús y queremos hacer de su doctrina nuestra vida. Pero lo cierto es que, a la hora de la verdad, somos poco exigentes con nosotros mismos y nos conformamos con un cristianismo de mínimos, en el que nos basta con no hacer mal a nadie.

Tremendo error por nuestra parte. Porque la tibieza está lejos de la propuesta de Jesús. Tan lejos, tan lejos, tan lejos, que tendremos que responder por ella si ese ha sido nuestro comportamiento y nuestra actitud:


Dijo Jesús a los fariseos: “Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán. Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno, y gritando, dijo: “Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”. Pero Abrahán le dijo: “Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males: por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado. Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco pasar de ahí hasta nosotros”.

Evangelio Lucas 16, 19 – 26

No cuenta el Evangelio que Epulón echara a Lázaro de su portal. No cuenta el Evangelio que lo tratara con desprecio. No cuenta el Evangelio que le hiciese nada malo. El Evangelio tan sólo detalla que Epulón, que banqueteaba a diario, simplemente no cuidó de Lázaro, a quien veía cada día echado en su portal.

No se compadeció de él, no compartió su pan con él y no lo atendió pese a que tenía bienes y sabía que Lázaro pasaba necesidad. Y fue condenado, como no podía ser de otra manera, por su pecado continuado de omisión:


Entonces dirá a los de su izquierda: “Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer… «

Evangelio Mateo 25, 41 – 42

¿Cuándo comprenderemos que no es suficiente con no hacer mal?, ¿cuándo entenderemos que la propuesta que nos trajo Jesús no es una propuesta de mínimos, sino de máximos?

¿Se conformó acaso Jesús con vivir una vida mediocre sin más? ¿no renunció acaso al mismísimo Cielo para nacer tan hombre y tan vulnerable como cualquiera de nosotros?, ¿no dejó a su madre y a su pasado en Nazaret para salir a predicar y cambiar la vida de todos lo que quisieron escucharle?, ¿no pasó sus tres años de vida pública predicando de un sitio en otro sin saber dónde iba a dormir cada noche?, ¿no sanó leprosos, devolvió la vista a los ciegos, curó endemoniados, y sanó a tantos enfermos como fueron a buscarlo?, ¿no se dejó prender en el huerto y dio hasta la misma vida por todos y cada uno de nosotros?

La vida de Jesús no fue una vida de mínimos, sino de máximos. Y eso es lo que nos pide también a nosotros.

¿De verdad nos vamos a conformar con pasar por este mundo sin hacer mal a nadie? Debemos arriesgar por aquello que consideremos que es justo, como antes que nosotros hizo Jesús, debemos sacar todo el partido posible a estos talentos que Dios nos ha regalado y debemos ser capaces de sacar la mejor versión de nosotros mismos. Si no lo hacemos así estaremos viviendo una vida tibia, un cristianismo de medio pelo para salir del paso que ni siquiera merecerá ser llamado cristianismo, una mediocridad con la que ni haremos felices a quienes nos rodean, ni seremos felices nosotros.

Debemos vivir sin miedo, con la confianza puesta en ese Dios que, sobre todo, es Padre. Y que conoce mucho mejor que nosotros mismos cuáles son las debilidades que a cada uno nos acompañan y las miserias con las que nos encontramos cuando nos miramos al espejo cada día. Estamos lejos de ser perfectos. Lejísimos. Nosotros lo sabemos y Dios también lo sabe. Pero en esta complicada sociedad en la que vivimos y a pesar de esas miserias nuestras estamos llamados a florecer y a hacer del amor nuestro estilo de vida.

La imagen es de Geralt en pixabay

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